Era miércoles a las diez de la noche. O quizás era jueves.Nicholas Blair no estaba seguro.
Todos los días trabajaba de sol a sol en el nuevo proyecto para el que le habían reclutado, sin descansos ni festivos. Hacía frío y se acurrucaba en el interior de su gabardina. Cada noche, de vuelta al apartamento que le tenían asignado, pensaba lo mismo. No debería haber aceptado ese trabajo. Llevaba ya casi medio año en aquella isla y no contemplaba la posibilidad de salir de allí en los próximos seis meses. Quizás en años. Cuando pensaba en aquello intentaba consolarse con el sueldo. Si, era un gran sueldo. En un mes ganaba más de lo que ganaría cinco años seguidos en la universidad con su beca de investigación, pero cada vez le resultaba más difícil conformarse. Era cierto que su vida antes de aquello no era precisamente una vorágine de experiencias. De hecho no tenía vida. La única diferencia que había es que ahora cobraba más y que no podía salir de aquella maldita isla.
Empezaba a chispear. Se acurrucó aún más en su gabardina acelerando el paso para llegar cuanto antes a su bloque. No había nadie en la calle, solo las farolas que iluminaban tenuemente el camino. Unas luces a lo lejos le hicieron salir de su ensimismamiento. El todoterreno del servicio de seguridad de la isla hacía la ronda nocturna. Al llegar a su altura se paró y bajó la ventanilla. Una linterna apuntada a su cara le deslumbró. Nicholas levantó su mano en un gesto a medio camino de saludo y de protegerse los ojos.
-Buenas noches, Doctor Blair- dijo uno de los guardias de seguridad y el coche continuó con la ronda.
Blair siguió su camino casi a ciegas, aún deslumbrado.
No tendría que haber aceptado el trabajo. Si, era mucho dinero, y cualquiera de sus compañeros de la universidad habría dado lo que fuera por tener siquiera la oportunidad de echarle un vistazo a la máquina que estaban investigando, pero se había convertido en un prisionero. No había contacto con el exterior. Su jefe le había dicho que en cuanto obtuvieran respuestas se darían a conocer al mundo y que ellos serían héroes, pero a él esas cosas nunca le habían importado mucho.
Empezaba a recuperar la visión. Todo estaba como lo había dejado, solitario, a oscuras, con las viejas farolas iluminando aquel pueblecito acondicionado por el gobierno.
Se estaba calando poco a poco así que decidió empezar a correr. Si era lo suficientemente rápido llegaría a su apartamento en unos minutos.
Siguió dándole vueltas a la cabeza.
“La máquina” y sus misterios. Habían desentrañado algunos, pero otros aún se les escapaban. Y el principal de ellos no era qué conocimientos podía transmitir, ni tan siquiera de qué material desconocido estaba hecho. El principal de los misterios era quién coño había hecho aquel artefacto. Porque si en algo estaban de acuerdo todos los componentes del equipo es que aquel aparato era artificial. Y sin embargo no era humano. Ni siquiera se había encontrado en el planeta.
Por fin vio su bloque de apartamentos. Un pequeño edifico de tres plantas donde vivía parte del equipo de investigadores. Casi sin aliento paró, refugiado en el portal, para buscar en sus bolsillos la tarjeta de acceso. En un primer momento no la encontró. Maldijo entre dientes haciéndose la idea de que iba a tener que volver a por ella. Rebuscó en los bolsillos interiores. Allí estaba.
Se disponía a abrir la puerta cuando se percató de una sombra borrosa en la esquina del bloque. Parecía un hombre. Levantó la mano en forma de saludo pensando que podría ser cualquiera de sus compañeros que hubiera decidido salir a dar una vuelta. La sombra devolvió el saludo.
“Menuda ocurrencia salir a estas horas” pensó mientras abría la puerta. Luz verde. Un chasquido le señaló que ya podía pasar. Volvió a mirar. La sombra seguía allí.
-¿Le puedo ayudar en algo?- preguntó Nicholas, más por educación que por otra cosa, mientras mantenía la puerta abierta. La sombra comenzó a acercarse.
“Quizás no había sido buena idea” pensaba mientras la sombra tomaba la forma de un desconocido anciano. Estaba deseando poder darse una ducha caliente y acostarse a descansar pero sospechaba que iba a tardar un poco más de lo que había imaginado.
El hombre, trajeado y apoyado en un ornamentado bastón, se le acercó ofreciéndole la mano como gesto de saludo. Una sonrisa se dibujaba en su arrugada cara.
-Usted no pertenece al equipo- afirmó Nicholas confuso mientras le estrechaba la mano.
-Puede jurarlo, Doctor Blair- respondió el anciano ampliando aún más su sonrisa.
-Debe marcharse o llamaré a seguridad. –intentó sonar lo más firme posible pero era consciente que su nerviosismo resultaba más que evidente. Conocía a todos y cada uno de los habitantes de aquella comunidad, y la aparición de aquel extraño se le antojaba irreal. Si abandonar la isla era difícil, entrar en ella resultaba imposible.
Se introdujo en el bloque e intentó cerrar la puerta tras de sí. El bastón del anciano se interpuso impidiéndolo.
-Doctor Blair, solo quería hablar con usted. En cuanto me escuche me marcharé.
Nicholas recorrió con la mirada la calle en apenas unos segundos. Ni rastro de la patrulla de seguridad. Miró al desconocido quien seguía obstruyendo la puerta.
-Hable- ordenó manteniendo la puerta de cristal entre ambos. El anciano hizo por ignorar el obstáculo.
-Doctor Blair, vengo a ofrecerle respuestas.
-¿Qué respuestas?- dijo Nicholas nervioso mientras persistía en la esperanza de que apareciera el todoterreno en cualquier momento.
-Todas las que desee, por supuesto. Pero las primeras que deseará me imagino que serán las que conciernen a “La Máquina”.
Nicholas Blair se puso aún más nervioso al escuchar a aquel extraño hablar de algo que era el secreto más absoluto que había en el momento. Intentó cerrar la puerta de nuevo pero el bastón seguía impidiéndoselo.
-No se ponga nervioso, doctor- aquel hombre estaba empezando a desquiciarlo- Estoy aquí para ayudarle.
-¿Qué sabe de “La Máquina”? ¿Quién demonios es usted?
Otra vez la maldita sonrisa.
El empujón que le dio esta vez a la puerta hizo que se cerrara. Sin mirar atrás empezó a subir la escalera a toda velocidad con un millón de preguntas en su cabeza. En cuanto llegara a su apartamento llamaría a seguridad. Intentó abrir su puerta con la tarjeta magnética pero con los nervios tuvo que intentarlo en varias ocasiones para tener éxito. Cerró la puerta tras de sí y se lanzó sobre su sofá para intentar tranquilizarse. Respiró hondo y, tras apenas un minuto, se acercó a la mesa del pequeño despacho que tenía abarrotado con los papeles de sus estudios en busca del teléfono. Descolgó el auricular pero no llegó a marcar. Una carpeta con su nombre descansaba en la mesa. Temeroso colgó el teléfono y la abrió.
Un dibujo a carboncillo de La Máquina con varias anotaciones fue lo primero que vio. Empezó a pasar páginas estupefacto. Allí estaba gran parte de su investigación pero, a diferencia de sus propias anotaciones, en esos documentos se encontraban datos que le abrían un nuevo campo de investigación que jamás habría sospechado. Incluso pudo comprobar ciertas correcciones de lo que hasta ese momento no había caído eran errores de interpretación.
-¿De quién es esto? –Acertó a murmurar.
Nicholas miró por la ventana. Todo estaba en calma. Intentó ver el portal pero desde allí no era posible. Se acercó a la cocina y se bebió un vaso de agua. Empezó a dar vueltas por el apartamento, cada vez más nervioso. Finalmente tomó una decisión. Metió la tarjeta magnética en su bolsillo y salió del apartamento. Bajó las escaleras. En el portal, tras la puerta de cristal, seguía el anciano, esperándolo, mirándolo mientras sonreía.
Abrió la puerta.
-¿Quién es usted y qué quiere de mí?- está vez si resultó firme en sus preguntas. Había empezado a pasar del nerviosismo al enfado. -¿Cómo ha entrado en mi apartamento?
El anciano borró lentamente su sonrisa de la cara. Ahora parecía triste, cansado…
-Mi nombre es Semyazza…
-¿Árabe?- interrumpió el investigador.
-Si quiere respuestas no debería cortarme, doctor.
Nicholas Blair mantuvo su semblante serio.
-Como le iba diciendo, mi nombre es Semyazza. De dónde soy es irrelevante.- Nicholas puso cara de disgusto con la respuesta pero no le interrumpió. –Sé todo lo que se puede saber sobre La Máquina. No le daré todas las respuestas porque sus jefes podrían sospechar, pero le orientaré para que usted pueda llegar a ellas.
Nicholas Blair parecía reflexionar sobre las palabras del anciano. Las preguntas se le acumulaban en la cabeza.
-¿Es usted un terrorista? ¿Un espía?- acertó a preguntar con cierta inocencia, escogiendo de entre todas las cuestiones que bombardeaban su mente.
-Una vez me llamaron traidor- parecía que al anciano se le iba a escapar una risa- pero todo depende del bando en el que te encuentres. No debes preocuparte, Nicholas. No soy un terrorista. Tampoco un espía. De hecho, posiblemente, yo sea tu única esperanza. La tuya y la de muchos otros.
-No comprendo…- Nicholas se sentía completamente desorientado.
-Todo a su tiempo, doctor- el anciano le dio un pequeño golpecito en el brazo como si con ese gesto fuera a ayudar a Nick asimilar toda esa información.
-Lo primero…-continuó- …es que termines tu investigación y puedas salir de esta isla.
-¿Y qué es lo que quiere a cambio?- preguntó con desconfianza.
-¿Por esto?- preguntó el anciano extrañado-Nada. Cuando desentrañes los misterios de la máquina todo se desencadenará. Serás consciente de que el mundo tal como lo conoces va a cambiar. Serás consciente de que el mundo, tal como te lo enseñaron, es una mentira. Entonces vendrás a mí.
-¿Para qué?- Blair no terminaba de fiarse de aquel hombre que le hablaba en acertijos.
-Para ayudarme. Para ayudar a los míos. Porque entenderás que somos los únicos en poder ayudarte a ti y a los tuyos.
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