Se le había hecho tarde. Carol se afanaba en
secarse el pelo con el secador, haciendo imposible escuchar la canción que
sonaba en la radio. Le echó un vistazo al reloj de la mesita de noche tan solo
para comprobar que ya pasaban más de diez minutos de la hora a la que había
quedado con sus dos amigas. Apurada, decidió dejarse el pelo húmedo y comenzó a
buscar en el armario algo que ponerse.
“Tan solo es un café”, recapacitó. Sacó unos
vaqueros y una blusa blanca. Se vistió
como el rayo y, tras calzarse aquellos zapatos de tacón que tanto le gustaban,
salió a la calle en busca de un taxi. Se arrepintió de no haber cogido sus
gafas de sol, pero ya era tarde. Un taxi había visto sus señas y se paró frente
a ella.
Tras dar las indicaciones al conductor sacó
un pequeño kit de maquillaje del bolso y comenzó a pintarse ojos y labios,
cruzando los dedos para que el taxi no cogiera ningún bache por el camino. Por
suerte no estaba muy lejos de su destino. Pagó al taxista y entró en la
cafetería con paso raudo.
-Te he estado llamando- le reprochó Maggy
mientras se sentaba. Carol buscó el móvil en su bolso pero no estaba. Se lo
había dejado en su apartamento. En la mesa estaban sus amigas, Maggy y Helen,
con un desconocido.
-Te voy a presentar a William. Es el
compañero de trabajo del que tanto te he hablado.
Carol dedicó una mirada fulminante a sus
amigas. Aquello era una encerrona. Entendía que sus amigas se preocuparan por
ella pero les había dicho en una infinidad de ocasiones que no estaba preparada
para conocer a nadie.
El muchacho le dio la mano. Carol lo miró de
arriba abajo. No estaba mal. Tenía el pelo rizado y rubio, pero sus ojos verdes
le recordaban demasiado a los de Martin. Aquella herida que aún no había
cerrado se abrió un poquito más.
-Encantada- dijo con toda la amabilidad de la
que fue capaz. Pidió un café a la camarera mientras sus amigas charloteaban con
el muchacho. Estaba realmente incómoda con la situación pero, pese a todo,
intentó participar en la conversación. El muchacho se esmeraba por saber algo
más de ella pero Carol no se sentía con ganas de seguirle la corriente.
-Bueno- cortó Helen el tema en el que estaban
enfrascados -¿Qué te ha pasado? Llevamos media hora esperándote.
-Anoche trabajé hasta tarde- contestó Carol
sin entrar en más explicaciones.
-Es que Carol trabaja en el hospital- intentó
explicarle Maggy al muchacho.
-¿Eres doctora?- preguntó William en un
intento de comenzar una charla con la recién llegada.
-Enfermera- Carol no parecía muy dispuesta a
concederle el deseo a aquel muchacho. En un intento de zanjar la conversación
que se estaba iniciando se levantó y miró a Maggy –Tengo que ir al baño. ¿Me
acompañas?
No esperó la respuesta de su amiga. La cogió
del brazo y poco faltó para llevársela a rastras ante la desconcertada mirada
del resto.
-¡¿Pero qué os pasa?!- le lanzó el reproche a
su amiga tan pronto se cerró la puerta del baño a sus espaldas.
-Tranquila, Carol- respondió Maggy en un tono
más conciliador. –Solo es un amigo. No pasa nada porque conozcas a alguien.
-¡Pero es que yo no quiero conocer a nadie!-
Carol no sabía cómo decírselo a sus amigas para que lo entendieran.
-¡A ver si te olvidas de una vez del cabrón
de Martin!- la frase de Maggy le afectó como si de un bofetón se tratara. -¡Te
engañó, Carol! ¡Y lo pillaste! ¡Olvídate de una vez de él!
Carol agachó la cabeza levemente, vencida.
-No es por Martin- mintió sin convencimiento
–Es que no me apetece conocer a nadie, tan solo eso.
Maggy la miró en silencio por unos instantes
y respiró hondo.
-¿Otra pesadilla?
Carol no quería hablar de ello. Llevaba
varios meses en los que rara vez no tenía aquellos sueños cada vez que se
dormía. Siempre era lo mismo. Se repetían los lugares, los sucesos, los
personajes, y lo que más le inquietaba, siempre aquel mismo nombre; Azkeel.
-Tengo un amigo psicólogo- insistió Maggy
-¿Quieres que te pase el número?
Carol volvió a mirar a su amiga con cierto
reproche.
-¡Ey! –Respondió esta, consciente de que su
oferta se podía malinterpretar -¡Como especialista! ¡No es otra cita a ciegas!
Además, no es tu tipo.
Maggie se rió mientras le daba la
explicación, arrancándole a Carol una sonrisa. Las dos amigas decidieron volver
a la mesa.
-Le estaba diciendo a William- explicó Helen
mientras volvían a sus sitios, ya más tranquilas –que Carol sabe echar las
cartas del tarot. ¿Verdad, Carol?
Carol no se podía creer aquello. Maggy clavó
una mirada acusadora en Helen. Ese tema era muy personal para Carol, y sus
amigas lo sabían. Helen no tenía ningún derecho a sacarlo delante de un
desconocido.
-¿Qué hora es?- preguntó Carol ignorándola,
como si no hubiera escuchado el comentario de Helen. Alzó la vista para mirar
el reloj que había colgado en la pared. –Es muy tarde, tengo que irme.
-¡¿Pero si acabas de llegar?!- intentó
frenarla Maggy. Carol no se dio por aludida y sacó del bolso un par de
billetes.
Se marchó de la cafetería dejando a sus tres
acompañantes en el más incómodo de los silencios. No esperó ningún taxi. La
tarde era muy agradable así que decidió caminar de vuelta en un intento de
apaciguarse. Vació su cabeza de pensamientos para disfrutar del paseo. Por unos
minutos no existía nada que no fuera el sol que calentaba su cara.
Al llegar al apartamento lo primero que hizo
fue quitarse los zapatos. Descalza se dirigió a la repisa donde su móvil
descansaba. Le desenchufó el cargador y comprobó los mensajes. Pudo contar al
menos veintitrés mensajes de Martin. Empezó a borrarlos sin mirar el contenido.
El último de ellos era de Maggy, de apenas hacía cinco minutos.
“Helen
dice que lo siente, que no lo hizo con mala intención. Espero que te encuentres
bien. Luego te llamo”
Carol empezó a escribirle una respuesta pero,
cuando tenía el mensaje casi acabado, cambió de opinión y lo borró. Dejó su
portátil arrancando mientras ella se ponía algo más cómodo para estar por casa.
Aún faltaban varias horas para volver al hospital así que había decidido
ponerse una película en el ordenador para pasar el rato. Colocó el portátil en
la cama y se tumbó a su lado tras programar el despertador. No quería que se le
volviera a hacer tarde.
El móvil sonó mientras veía la película.
Decidió pararla pensando que era Maggy la que llamaba. Se equivocó. Era Martin
de nuevo para volver a disculparse. No descolgó. Se limitó a desconectar el
móvil. “Luego llamaré yo a Maggy” pensó mientras volvía a colocarse en la cama
para continuar con la película.
Pocos minutos después se vio obligada a
pararla por segunda vez. Había oído un ruido que venía de la sala de estar.
Intentó recordar si Martin tenía aún copia de las llaves. Se levantó y se
dirigió a donde ella pensaba que estaba el origen del ruido.
Todo estaba tranquilo.
Aún así rebuscó en el cajón de las llaves
buscando la copia que en su día le diera a Martin. Comprobó que las llaves
estaban allí y se quedó más tranquila. Seguramente el ruido se lo habría
imaginado, o era algún vecino, así que volvió para continuar con la película.
Estaba ya finalizando cuando un nuevo ruido
la sobresaltó. Esta vez había sido más fuerte y nítido. Carol paró la película
de nuevo y, temerosa, buscó algo con lo que defenderse por si habían entrado en
su casa. Rebuscó con la mirada y tan solo pudo encontrar un pesado trofeo que
ganó en sus años de instituto. Lo esgrimió como si de una porra se tratara y
volvió a la sala de estar. Allí no había nadie. Rebuscó en los armarios
empotrados tras comprobar puerta y ventanas pero no encontró nada extraño.
Ya volvía a su habitación cuando le llegó un
leve olor dulzón. Carol refrenó sus pasos. Aquel olor no le era familiar pero
pese a ello lo primero que le vino a la cabeza es que, por alguna razón, se
hubiera roto algún bote de colonia.
Se acercó al cuarto de baño, intentando
recordar si tenía algo que oliera de esa manera, pero allí no pudo percibirlo.
Aquello le extrañó, así que decidió volver a la sala de estar para comprobar
que no había sido fruto de su imaginación. El olor persistía en aquella salita.
Se había vuelto más intenso y Carol no encontraba respuesta para aquello. Tras
hacer una nueva revisión de cajones volvió a su habitación con cierto
sentimiento de intranquilidad. Esta vez apagó el portátil y decidió vestirse
para ir al hospital. Llegaría muy temprano pero necesitaba salir de su
apartamento. Un escalofrío recorría su espalda, y su cuerpo parecía estar en
alerta constante.
Se agachó para buscar sus zapatos debajo de
la cama. Estiraba el brazo pero no conseguía encontrarlos. Finalmente se tiró
al suelo y miró en busca de su calzado. Allí estaban. Estiró su mano para
cogerlos pero no llegó a hacerlo. Se quedó fría, inmóvil, contemplando desde
donde estaba ese tenue resplandor que venía desde su sala de estar. Tras el
primer momento de asombro, Carol se incorporó sin dejar de mirar al origen de
aquel extraño brillo. Muy despacio, sin apartar la mirada, tanteó sobre la mesa
buscando el móvil. Intentó encenderlo pero este no respondía. La luz parecía
hacerse más intensa. No pensaba quedarse allí sin saber qué pasaba. Aquel olor
tan peculiar viciaba el aire hasta hacerlo casi irrespirable. Venciendo el
miedo volvió a agarrar el trofeo y se encaminó, descalza, hacia el origen de la
luz. Algo dentro de ella le gritaba “¡Corre!” pero Carol desoía ese
pensamiento. Su corazón galopaba. Aguantando la respiración salió de la
habitación. Tuvo que protegerse los ojos
ante el resplandor que llenaba la sala. Estaba completamente cegada y los
instantes que tardó en acostumbrarse a la luz se le hicieron eternos.
El trofeo se le cayó al suelo de puro
asombro. En el centro de la habitación había una figura. Carol no sabía de
dónde podía provenir, pues la puerta y las ventanas continuaban cerradas. Tenía
la apariencia de hombre alto, con un pelo rubio que caía en cascada sobre sus
hombros. Miraba al suelo, ignorándola por completo. Carol contempló la
posibilidad de salir corriendo hacia la puerta pero aquel ser se interponía en
su trayectoria. Lentamente aquella figura fue levantando la cabeza, poco a
poco, hasta que un par de ojos de un azul muy profundo clavaron su vista en
ella. Carol cayó de rodillas al suelo, muerta de miedo. Sus músculos estaban
contraídos y no podía apartar la vista de aquellos ojos que le aterraban y le
fascinaban por partes iguales.
-Azkeel- escucho dentro de su cabeza una voz
grave –Ha llegado el momento de que vuelvas a casa-
Carol no podía reaccionar. Su mente estaba
colapsada. Aquel ser empezó a caminar hacia ella con paso firme y majestuoso
ante la impotente mirada de la joven. Comenzó a sentir como sus músculos se
relajaban y le iba venciendo un sopor que no podía controlar. El ser luminoso
le ofreció la mano y Carol, sorprendida, respondió de forma involuntaria
dándole la suya. Un flash de recuerdos inundó su mente al tocar al ser.
Aquellas mismas imágenes que acudían a ella en sus pesadillas pero mucho más
nítidas, pasaban delante de sus ojos sin llegar a comprender muy bien que significaban.
Un último recuerdo le vino antes de caer inconsciente. Ella misma, pero con
otra cara, sostenía en sus brazos a una persona moribunda antes de que el fuego
los consumiera a ambos. Una lágrima recorrió su mejilla antes de perder la
conciencia.
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