-¿Por qué no se nos está permitido amar?
Su voz resonaba en la oscuridad. Llevaba
horas inmerso en las tinieblas. No esperaba ninguna respuesta, pero las
respuestas le eran dadas. No siempre, pero de vez en cuando, fuera quien fuera
el que estuviera allí con él, su guardián, su carcelero, se dignaba a responder
a alguna de sus preguntas.
-¿Tanto daño hicimos? ¿Tenemos que seguir
pagando por aquello? ¿Es que no hemos cumplido ya nuestra pena?
La cabeza le daba vueltas. Estaba mareado.
Demasiadas cosas le habían ocurrido en poco tiempo. Demasiados recuerdos
aflorados de repente, a punto de volverlo loco.
-Vuestros pecados no tienen igual en la
historia del Universo.- se dignó a responder una voz que no adivinaba a situar
en la negrura.
-Me conoces- respondió desesperado –sabes
quién soy mejor que yo mismo.
-Recordarás y asimilarás- fue la respuesta.
Un grito brotó de su garganta. Un grito de impotencia
y desesperación. Empezó a llorar.
-Él aprecia el arrepentimiento- apuntilló la
voz.
-¡No es arrepentimiento!- gritó a su
carcelero. - ¡Es dolor, resignación, locura!
-Os rebelasteis, anam.-
-¡Yo no soy tu hermano!-
-Lo eres. Y aún no es tarde para que
reconozcas tu culpa. Arrepiéntete de tus decisiones pasadas. Reconoce tus
errores. Repudia tus actos pasados. Él sabrá perdonarte.
-No puedo- dijo entre sollozos.
-Arrepiéntete-
-No- respondió ahogado entre lágrimas. –Eran
mis hijos.
-Violasteis las reglas, lo sabes. Nunca debió
pasar.
-¡Pero pasó! Me enamoré.
-No sabes lo que es el amor.
-¡Tú eres el que no sabes lo que es el amor!-
gritó iracundo -¡No sabes lo qué es tener frente a ti a una persona por la que
darías todo lo que tienes! ¡No tienes ni idea de lo que significa poder
estrechar en tus brazos a un hijo! ¡No me hables de amor! ¡No sabes nada!
De nuevo el silencio.
-Necesitas tiempo para pensar, anam. Estás confuso.
-¡Claro que estoy confuso, maldito hijo de
puta!- empezó a moverse como un loco en la oscuridad. –Hasta hace dos meses
creía que era otra persona, que tenía veinticinco años, que mi mayor problema
era encontrar un trabajo. ¡Y ahora estoy aquí respondiendo por crímenes que
cometí hace una eternidad!
-Eso es bueno- respondió la voz –reconoces
que cometiste crímenes.
-¡Defendía a mi gente, cabrón! ¡Protegía a
mis hijos! ¡A mi mujer!
-No eran tu gente. No debiste engendrar
hijos. No debiste tomar una mujer.
-Pero lo hice- había vuelto a sentarse en el
frío suelo -¿Por qué tuvieron que pagar ellos por mis pecados?
-Lo hecho debía ser deshecho, Armers.
-¡No me llames Armers!- gritó con todas sus
fuerzas- ¡Ahora me llamo Miguel!
Una risa retumbó a su alrededor.
-¿De qué te ríes, hijo de puta?
-Perdona, hermano, me resulta paradójico que
ahora te hagas llamar así.
Se llevó las manos a la cabeza. Sentía que se
estaba volviendo loco. Sus recuerdos bailaban. Era Miguel, pero también era
Armers. Lo recordaba. Él era uno de los doscientos rebeldes. Tenía recuerdos de
su mujer y de sus hijos, pero Miguel no tenía más familia que una madre de
avanzada edad. Recordaba una guerra, pero él nunca había abandonado Buenos
Aires, y esa guerra no se parecía en nada a las que había visto en las
películas. Nuevos flases acudían a su cabeza. Ráfagas de nuevos recuerdos.
Miguel se hizo un ovillo en el suelo y comenzó a llorar de nuevo.
-Me estoy volviendo loco.
-No estás loco, anam.- respondió la voz con un tono casi paternal. –Te ayudaremos a
poner las cosas en su sitio.
-¡Dejadme en paz!
Se quedó dormido. Cuando despertó todo seguía
a oscuras. Por un momento llegó a pensar que solo era un sueño pero no estaba
sobre su cama, ni estaba el interruptor de la luz al alcance de su mano como
ocurría en su habitación. Le dolía menos la cabeza. Se puso de pie y empezó a
caminar en la oscuridad, con los brazos extendidos, esperando encontrar una
pared.
-¿Estas mejor, Armers?- preguntó la voz.
-Creo que si. Poco a poco se me aclaran las
ideas.- respondió sin dejar de caminar a tientas.
-¿Te arrepientes de tus crímenes?
-Me arrepiento de no haber sido más fuerte, “ana”.
-Curiosa respuesta.- respondió la voz.
-¿Me preguntas que si me arrepiento de haber
tomado a una mujer de este mundo como esposa? Mi respuesta es no.- había dejado
de caminar y respondía con orgullo a la voz que emergía de la oscuridad.
–Tienes razón en una cosa, teníamos órdenes, pero si nunca te has enamorado es
muy difícil que me entiendas.
La voz no contestó.
-¿Me preguntas que si me arrepiento de haber
engendrado hijos con mi mujer? La respuesta es no. Si nunca has tenido en tus
brazos a un hijo tuyo es muy difícil que me entiendas.
La voz permanecía callada.
-¿Me preguntas que si me arrepiento por
haberme alzado contra Mi Señor? La respuesta es no. Si nunca has visto peligrar
la vida de aquellos a los que amas no podrás entenderme.
-Muchos a los que matasteis eran mis amigos, mis
hermanos.- respondió la voz –Los amaba.
-¡Y míos, maldita sea! ¡Yo también los quería
pero no es lo mismo! ¡Venían a matar a mi familia!
-Nosotros éramos tu familia.
-¡Ellos eran mi familia! ¡No puedes
entenderlo!
-Siento mucho tu dolor, anam, pero Le fallasteis. Era necesario.
-¡Y un cuerno!- gritó con toda la rabia que
pudo -¡Acabasteis con toda la jodida vida del planeta!
-No con toda.
-Por supuesto- reconoció entre risas- teníais
a vuestros elegidos.
-Él los eligió.
-Claro, me sé el cuento.
La voz permaneció callada.
-Dejadme salir de aquí, por favor- lanzó la
súplica al aire.
-No podemos, ana Armers- respondió la voz volviendo a su tono paternalista.
-¡He pagado por mis pecados!
-Eres demasiado peligroso, anam. Y no te has arrepentido.
-¿Peligroso?- respondió- Da igual quien
fuera, ahora solo soy un chico de veinticinco años.
-Eres mucho más que eso, Armers, como pronto
descubrirás.
-Por favor, no hay razón para que me tengáis
aquí.
-No te has arrepentido. Tu mismo has dicho
que volverías tomar las mismas decisiones que te llevaron a caer antaño.
-¡No es justo!- gritó.
-Ana
Armers, ¿Tienes familia?
Armers dudó.
-Si.
-¿Quién es tu familia?- preguntó la voz.
-Tú eres mi hermano, mi ana, aunque no te reconozco.
Una leve risa flotó en la oscuridad.
-No me tomes por estúpido, Armers. ¿Tienes
familia?
-Solo a mi madre- contestó avergonzado.
-Y sabiendo todo lo que sabes de ti sigues
llamándola tu madre. ¿Te das cuenta que realmente eres miles de años mayor que
ella?
Armers pareció dudar. Estaba confundido.
-No sé qué decirte, anam,- intentó que esta vez lo de hermano sonara más creíble. –Es
mi madre. La siento dentro de mí como tal.
Si la voz se ofendió porque Armers lo llamara
“hermano” lo disimuló.
-¿Sabes lo que significa que los nuevos
alzados vayan a venir a La Tierra y se den a conocer?
-¿Nuevos alzados? ¿Aquí? No entiendo…- volvió
a dudar.
-¿Qué dice la Ley? Esa misma Ley que tú y tus
otros hermanos rompisteis hace ya mucho tiempo.
Armers abrió los ojos tanto como pudo pese a
que la oscuridad era total.
-No injerencia…- acertó a balbucear.
-Exacto.- respondió satisfecha la voz.
-¿Sabes cuál es el destino de la humanidad?
-Oh, por favor, no. Otra vez no. No, no
podéis hacerlo de nuevo.
-¿Te arrepientes, ana Armers?
- Por favor, no. No podéis. Son inocentes…
-¿Te arrepientes, ana Armers?
-Estáis locos. Debe de haber otra forma. Por
favor, no.
-¿Entiendes ahora por qué no podemos dejarte
libre?
Llevaban varios días con el ánimo por los
suelos. A esto se le unía el cansancio. Dos viajes en avión y varias horas en
coche, y la música country de la radio no ayudaba precisamente a levantar la
moral del grupo. Anane había insistido en conducir pese a los ofrecimientos de
Lilith, que iba en el asiento de al lado de aquel todoterreno alquilado. En los
asientos de atrás dormía Azazel desde casi cuando empezaron a conducir. Lilith
respetaba el silencio de Anane. Le ofuscaba la comprensión que había demostrado
Semyazza cuando le informó de su fracaso. Ella era la única responsable se
decía a sí misma mientras repasaba una y otra vez los acontecimientos. De nada
valía la condescendencia que mostraban con ella sus compañeros. Ella lideraba
la operación, ella había perdido a Armers, y solo a ella había que adjudicarle
el fracaso.
El desierto de Texas continuaba casi eterno a
ambos lados de aquella carretera recta. Seguía las indicaciones del GPS, aunque
este llevara ya un par de horas sin dar ninguna.
Volvía a repasar los acontecimientos de las
últimas horas. Su llegada a Buenos Aires en el primer vuelo que salía de Madrid
y como subieron a aquel taxi que les tuvo dando vueltas por la ciudad más
tiempo del que ella creía necesario.
“No”, negó en silencio. No debía culpar a
nadie del fracaso que no fuera ella misma. Apretó el volante con más fuerzas.
Lilith pudo comprobar cómo los nudillos se ponían blancos del esfuerzo, pero
permaneció callada.
Recordaba la llegada a aquel edificio del
extrarradio, bastante decadente. Hizo lo que debía. Se concentró y comprobó que
el objetivo estaba en el interior. Ordenó a los chicos que se quedaran en la
puerta del edificio mientras ella daba una vuelta de reconocimiento. No había
señales que pudieran hacerle sospechar y volvió con el grupo.
-A la derecha en la próxima- le interrumpió
Lilith. El navegador estaba dándole instrucciones pero Anane no las había
escuchado.
-¿Por ahí?- preguntó al ver que la única
opción era un camino de tierra. Lilith echó un ojo a un plano que había en la
guantera.
-Aquí no viene nada- remarcó. Anane no dudó.
Se internó en el sendero tras poner la tracción a las cuatro ruedas.
-¿Qué buscamos exactamente?- preguntó curiosa
Lilith. Azazel emitió un quejido al darse un golpe contra la ventanilla al
coger un bache, y siguió durmiendo.
-Órdenes de Semyazza- contestó Anane con
desganas. Lilith no quiso insistir pero Anane se dio cuenta que su compañera no
tenía culpa de su mal humor e intentó ser algo más amable. –Semyazza lleva milenios caminando por el
mundo. Ha creado una red de empresas y posesiones que, de una forma u otra, le
pertenecen.
Lilith pareció dudar. Anane sabía qué pasaba
por su mente.
-No me preguntes cómo- le explicó –Yo de
economía entiendo poco. Cosa de sociedades y fundaciones, me imagino. Vamos a
un rancho.
Si Lilith hizo una nueva pregunta, Anane no
la escuchó. Volvió a sumirse en sus pensamientos y su sentimiento de culpa.
Repasó las “trampas mágicas”, como a ella le gustaba decir, que situaron en el
edificio y alrededores. Resultaban útiles cuando tus habilidades naturales estaban
mermadas al estar atrapados en cuerpos humanos, más aún cuando te enfrentabas a
ángeles con todo su poder. Por desgracia habían servido de poco. Las repasaba
una y otra vez. No sabía si no había elegido las más apropiadas, o si no
resultaban lo suficientemente efectivas. No quería pensar en que el poder de aquella criatura le permitiera zafarse de ellas. Contemplar aquella opción era rebajar su
culpa. Y si estaba segura de algo es que era culpa suya.
Un socavón en el camino les hizo saltar a
todos dentro del automóvil. No lo había visto. Lilith la miró acusadora pero
prefirió ignorarla. Detrás, Azazel se había despertado al fin.
-¿Hemos llegado ya?- preguntó entre bostezos.
Anane lo ignoró y volvió a sumirse en sus recuerdos.
¡No había conseguido sentirlo! Aquello era lo
que más le desconcertaba. Creía que Semyazza la había entrenado bien. ¿Cómo
podía haber ocurrido aquello? ¿Tan fuerte era aquello como para ocultar su
presencia? La rabia se acumulaba en su cabeza al recordar que de no ser por
Azazel, que vio salir una luz intensa por la ventana del objetivo, aún podrían
estar esperando en el portal a que pasara algo.
Corrieron los tres como posesos
escaleras arriba de aquel viejo edificio. Ni se paró a llamar a la puerta. Era
capaz de tirar una puerta abajo con su poder pero no había sido capaz de
presentirlo. Cuando entraron no había nadie. Solo un poco de luminosidad
residual en el ambiente y el olor tan característico que dejaban aquellas
visitas.
-¡Ahí se acaba el camino!- interrumpió Azazel
incorporándose entre los asientos que tenía delante y señalando una puerta de
rejas que se interponía delante de ellos. No podía resultar más típico.
El cráneo de una vaca les daba la bienvenida en lo alto de un gran letrero
donde podía leerse “Rancho Rodeo”.
-Que despliegue de originalidad la de
Semyazza poniendo nombres- dijo irónica Lilith.
-¿Salgo a abrir la puerta?- preguntó inocente
Azazel.
- No- fue la tajante respuesta de Anane. Acto
seguido el candado que cerraba la puerta se abría solo y las puertas se
apartaban para dejarlos pasar. No era propio de ella hacer esa exhibición pero
lo necesitaba. Tenía que hacerse más fuerte para no volver a fallar.
Tras pasar el coche, las puertas volvieron a
cerrarse tras de ellos como por arte de magia. Lilith miró preocupada a Anane,
quien seguía con la mirada fija en el sendero. El camino continuaba sin señales
de que acabara.
Volvió a repasarlo todo en su cabeza por
enésima vez. Maldecía a sus adentros por no encontrar una solución que le
hubiera permitido salvar a Armers. Recordaba cómo había llegado a perder el
control al comprobar que habían llegado tarde. El piso de aquel muchacho había
quedado igual que una zona de guerra. No podía culpar a sus compañeros por las
miradas de miedo que le dedicaron cuando abandonaron aquel lugar. Recordaba lo
amargo que le resultó hablar con Semyazza. Hubiera preferido mil veces que se
hubiera enfadado, que la hubiera culpado por su fracaso, que le hubiera gritado
hasta quedarse afónico. Pero en vez de eso el viejo se mostró condescendiente.
-Vamos a sufrir más de una derrota, Anane- le
dijo –Esta solo ha sido una de muchas. Debemos prepararnos para que en el
futuro las derrotas sean menores que nuestras victorias.
-¡Maldito fuera aquel viejo!- pensó llevada
por la rabia. ¡Había perdido a Armers! ¡No sabía dónde se encontraba ahora ni
que le estaba ocurriendo!
-Tranquilízate- una mano se posó en su brazo.
Era Azazel. Lilith la miraba con preocupación. Tenía que controlarse. Respiró
hondo e intentó dejar de pensar en aquello durante un tiempo.
Estaba atardeciendo cuando divisaron a lo
lejos lo que parecían varias construcciones. Una gran casa se levantaba sobre
los restos de una antigua misión española. Un
almacén de madera y unas caballerizas se situaban a ambos lados. Anane
aparcó el todoterreno en la puerta de la edificación principal. Se internaron
en el patio que daba la bienvenida a los visitantes. Por su apariencia hacía
años que nadie ponía los pies en aquel lugar. Azazel se asomó a un pozo de
piedra que estaba en el centro.
-¡Tiene agua!- gritó -¡No está seco!
-Nos va a hacer falta para limpiar este
desastre- comentó asqueada Lilith mientras le daba un par de pataditas a un
viejo abrevadero de madera lleno de porquería.
Anane entró en la casa. Sábanas cubrían el
mobiliario. Olía a rancio y las telarañas se acumulaban por todas partes. Las
contraventanas cerradas dejaban pasar un poco de claridad, haciendo de aquel
lugar un sitio bastante tétrico. Comenzó a reírse. Al principio casi sin ganas,
aunque poco a poco lo hizo con más fuerzas. Lilith y Azazel entraron
desconcertados al oír las carcajadas.
-Este es nuestro castigo por haberla pifiado-
les dijo a sus compañeros que la miraban sin entender nada.
-¿Qué pasa, Anane? ¿Qué quieres decir?-
Lilith no sabía que le inquietaba más, si la rabia contenida o la risa
compulsiva que invadía ahora a su mentora.
-¡Tenemos trabajo!- fue la respuesta de Anane
–Las órdenes de Semyazza son claras. Hay que hacer de este sitio un lugar
presentable. Pronto tendremos visita.
Azazel la miró incrédulo. Aquel lugar era
inmenso. No hizo falta que dijera nada, su cara hablaba por él. Lilith soltó un
bufido y le dio una patada a una lata del suelo que se alejó ruidosamente.