miércoles, 15 de mayo de 2019

05. Capítulo V


-¿Por qué no se nos está permitido amar?

Su voz resonaba en la oscuridad. Llevaba horas inmerso en las tinieblas. No esperaba ninguna respuesta, pero las respuestas le eran dadas. No siempre, pero de vez en cuando, fuera quien fuera el que estuviera allí con él, su guardián, su carcelero, se dignaba a responder a alguna de sus preguntas.

-¿Tanto daño hicimos? ¿Tenemos que seguir pagando por aquello? ¿Es que no hemos cumplido ya nuestra pena?

La cabeza le daba vueltas. Estaba mareado. Demasiadas cosas le habían ocurrido en poco tiempo. Demasiados recuerdos aflorados de repente, a punto de volverlo loco. 

-Vuestros pecados no tienen igual en la historia del Universo.- se dignó a responder una voz que no adivinaba a situar en la negrura.

-Me conoces- respondió desesperado –sabes quién soy mejor que yo mismo.

-Recordarás y asimilarás- fue la respuesta.

Un grito brotó de su garganta. Un grito de impotencia y desesperación. Empezó a llorar.

-Él aprecia el arrepentimiento- apuntilló la voz.

-¡No es arrepentimiento!- gritó a su carcelero. - ¡Es dolor, resignación, locura!

-Os rebelasteis, anam.-

-¡Yo no soy tu hermano!-

-Lo eres. Y aún no es tarde para que reconozcas tu culpa. Arrepiéntete de tus decisiones pasadas. Reconoce tus errores. Repudia tus actos pasados. Él sabrá perdonarte.

-No puedo- dijo entre sollozos.

-Arrepiéntete-

-No- respondió ahogado entre lágrimas. –Eran mis hijos.

-Violasteis las reglas, lo sabes. Nunca debió pasar.

-¡Pero pasó! Me enamoré.

-No sabes lo que es el amor.

-¡Tú eres el que no sabes lo que es el amor!- gritó iracundo -¡No sabes lo qué es tener frente a ti a una persona por la que darías todo lo que tienes! ¡No tienes ni idea de lo que significa poder estrechar en tus brazos a un hijo! ¡No me hables de amor! ¡No sabes nada!

De nuevo el silencio.

-Necesitas tiempo para pensar, anam. Estás confuso.

-¡Claro que estoy confuso, maldito hijo de puta!- empezó a moverse como un loco en la oscuridad. –Hasta hace dos meses creía que era otra persona, que tenía veinticinco años, que mi mayor problema era encontrar un trabajo. ¡Y ahora estoy aquí respondiendo por crímenes que cometí hace una eternidad!

-Eso es bueno- respondió la voz –reconoces que cometiste crímenes.

-¡Defendía a mi gente, cabrón! ¡Protegía a mis hijos! ¡A mi mujer!

-No eran tu gente. No debiste engendrar hijos. No debiste tomar una mujer.

-Pero lo hice- había vuelto a sentarse en el frío suelo -¿Por qué tuvieron que pagar ellos por mis pecados?

-Lo hecho debía ser deshecho, Armers.

-¡No me llames Armers!- gritó con todas sus fuerzas- ¡Ahora me llamo Miguel!

Una risa retumbó a su alrededor.

-¿De qué te ríes, hijo de puta?

-Perdona, hermano, me resulta paradójico que ahora te hagas llamar así.

Se llevó las manos a la cabeza. Sentía que se estaba volviendo loco. Sus recuerdos bailaban. Era Miguel, pero también era Armers. Lo recordaba. Él era uno de los doscientos rebeldes. Tenía recuerdos de su mujer y de sus hijos, pero Miguel no tenía más familia que una madre de avanzada edad. Recordaba una guerra, pero él nunca había abandonado Buenos Aires, y esa guerra no se parecía en nada a las que había visto en las películas. Nuevos flases acudían a su cabeza. Ráfagas de nuevos recuerdos. Miguel se hizo un ovillo en el suelo y comenzó a llorar de nuevo.

-Me estoy volviendo loco.

-No estás loco, anam.- respondió la voz con un tono casi paternal. –Te ayudaremos a poner las cosas en su sitio.

-¡Dejadme en paz! 

Se quedó dormido. Cuando despertó todo seguía a oscuras. Por un momento llegó a pensar que solo era un sueño pero no estaba sobre su cama, ni estaba el interruptor de la luz al alcance de su mano como ocurría en su habitación. Le dolía menos la cabeza. Se puso de pie y empezó a caminar en la oscuridad, con los brazos extendidos, esperando encontrar una pared.

-¿Estas mejor, Armers?- preguntó la voz.

-Creo que si. Poco a poco se me aclaran las ideas.- respondió sin dejar de caminar a tientas.

-¿Te arrepientes de tus crímenes?

-Me arrepiento de no haber sido más fuerte, “ana”.

-Curiosa respuesta.- respondió la voz.

-¿Me preguntas que si me arrepiento de haber tomado a una mujer de este mundo como esposa? Mi respuesta es no.- había dejado de caminar y respondía con orgullo a la voz que emergía de la oscuridad. –Tienes razón en una cosa, teníamos órdenes, pero si nunca te has enamorado es muy difícil que me entiendas. 

La voz no contestó.

-¿Me preguntas que si me arrepiento de haber engendrado hijos con mi mujer? La respuesta es no. Si nunca has tenido en tus brazos a un hijo tuyo es muy difícil que me entiendas.

La voz permanecía callada.

-¿Me preguntas que si me arrepiento por haberme alzado contra Mi Señor? La respuesta es no. Si nunca has visto peligrar la vida de aquellos a los que amas no podrás entenderme.

-Muchos a los que matasteis eran mis amigos, mis hermanos.- respondió la voz –Los amaba.

-¡Y míos, maldita sea! ¡Yo también los quería pero no es lo mismo! ¡Venían a matar a mi familia!

-Nosotros éramos tu familia.

-¡Ellos eran mi familia! ¡No puedes entenderlo!

-Siento mucho tu dolor, anam, pero Le fallasteis. Era necesario.

-¡Y un cuerno!- gritó con toda la rabia que pudo -¡Acabasteis con toda la jodida vida del planeta!

-No con toda.

-Por supuesto- reconoció entre risas- teníais a vuestros elegidos.

-Él los eligió.

-Claro, me sé el cuento. 

La voz permaneció callada. 

-Dejadme salir de aquí, por favor- lanzó la súplica al aire.

-No podemos, ana Armers- respondió la voz volviendo a su tono paternalista.

-¡He pagado por mis pecados!

-Eres demasiado peligroso, anam. Y no te has arrepentido.

-¿Peligroso?- respondió- Da igual quien fuera, ahora solo soy un chico de veinticinco años.

-Eres mucho más que eso, Armers, como pronto descubrirás.

-Por favor, no hay razón para que me tengáis aquí.

-No te has arrepentido. Tu mismo has dicho que volverías tomar las mismas decisiones que te llevaron a caer antaño.

-¡No es justo!- gritó.

-Ana Armers, ¿Tienes familia?

Armers dudó. 

-Si.

-¿Quién es tu familia?- preguntó la voz.

-Tú eres mi hermano, mi ana, aunque no te reconozco.

Una leve risa flotó en la oscuridad.

-No me tomes por estúpido, Armers. ¿Tienes familia?

-Solo a mi madre- contestó avergonzado.

-Y sabiendo todo lo que sabes de ti sigues llamándola tu madre. ¿Te das cuenta que realmente eres miles de años mayor que ella?

Armers pareció dudar. Estaba confundido.

-No sé qué decirte, anam,- intentó que esta vez lo de hermano sonara más creíble. –Es mi madre. La siento dentro de mí como tal.

Si la voz se ofendió porque Armers lo llamara “hermano” lo disimuló.

-¿Sabes lo que significa que los nuevos alzados vayan a venir a La Tierra y se den a conocer?

-¿Nuevos alzados? ¿Aquí? No entiendo…- volvió a dudar.

-¿Qué dice la Ley? Esa misma Ley que tú y tus otros hermanos rompisteis hace ya mucho tiempo.

Armers abrió los ojos tanto como pudo pese a que la oscuridad era total.

-No injerencia…- acertó a balbucear.

-Exacto.- respondió satisfecha la voz. -¿Sabes cuál es el destino de la humanidad?

-Oh, por favor, no. Otra vez no. No, no podéis hacerlo de nuevo.

-¿Te arrepientes, ana Armers?

- Por favor, no. No podéis. Son inocentes…

-¿Te arrepientes, ana Armers?

-Estáis locos. Debe de haber otra forma. Por favor, no.

-¿Entiendes ahora por qué no podemos dejarte libre?




Llevaban varios días con el ánimo por los suelos. A esto se le unía el cansancio. Dos viajes en avión y varias horas en coche, y la música country de la radio no ayudaba precisamente a levantar la moral del grupo. Anane había insistido en conducir pese a los ofrecimientos de Lilith, que iba en el asiento de al lado de aquel todoterreno alquilado. En los asientos de atrás dormía Azazel desde casi cuando empezaron a conducir. Lilith respetaba el silencio de Anane. Le ofuscaba la comprensión que había demostrado Semyazza cuando le informó de su fracaso. Ella era la única responsable se decía a sí misma mientras repasaba una y otra vez los acontecimientos. De nada valía la condescendencia que mostraban con ella sus compañeros. Ella lideraba la operación, ella había perdido a Armers, y solo a ella había que adjudicarle el fracaso. 

El desierto de Texas continuaba casi eterno a ambos lados de aquella carretera recta. Seguía las indicaciones del GPS, aunque este llevara ya un par de horas sin dar ninguna.

Volvía a repasar los acontecimientos de las últimas horas. Su llegada a Buenos Aires en el primer vuelo que salía de Madrid y como subieron a aquel taxi que les tuvo dando vueltas por la ciudad más tiempo del que ella creía necesario.

“No”, negó en silencio. No debía culpar a nadie del fracaso que no fuera ella misma. Apretó el volante con más fuerzas. Lilith pudo comprobar cómo los nudillos se ponían blancos del esfuerzo, pero permaneció callada.

Recordaba la llegada a aquel edificio del extrarradio, bastante decadente. Hizo lo que debía. Se concentró y comprobó que el objetivo estaba en el interior. Ordenó a los chicos que se quedaran en la puerta del edificio mientras ella daba una vuelta de reconocimiento. No había señales que pudieran hacerle sospechar y volvió con el grupo.

-A la derecha en la próxima- le interrumpió Lilith. El navegador estaba dándole instrucciones pero Anane no las había escuchado.

-¿Por ahí?- preguntó al ver que la única opción era un camino de tierra. Lilith echó un ojo a un plano que había en la guantera.

-Aquí no viene nada- remarcó. Anane no dudó. Se internó en el sendero tras poner la tracción a las cuatro ruedas.

-¿Qué buscamos exactamente?- preguntó curiosa Lilith. Azazel emitió un quejido al darse un golpe contra la ventanilla al coger un bache, y siguió durmiendo.

-Órdenes de Semyazza- contestó Anane con desganas. Lilith no quiso insistir pero Anane se dio cuenta que su compañera no tenía culpa de su mal humor e intentó ser algo más amable. –Semyazza lleva milenios caminando por el mundo. Ha creado una red de empresas y posesiones que, de una forma u otra, le pertenecen.
 
Lilith pareció dudar. Anane sabía qué pasaba por su mente.

-No me preguntes cómo- le explicó –Yo de economía entiendo poco. Cosa de sociedades y fundaciones, me imagino. Vamos a un rancho.

Si Lilith hizo una nueva pregunta, Anane no la escuchó. Volvió a sumirse en sus pensamientos y su sentimiento de culpa. Repasó las “trampas mágicas”, como a ella le gustaba decir, que situaron en el edificio y alrededores. Resultaban útiles cuando tus habilidades naturales estaban mermadas al estar atrapados en cuerpos humanos, más aún cuando te enfrentabas a ángeles con todo su poder. Por desgracia habían servido de poco. Las repasaba una y otra vez. No sabía si no había elegido las más apropiadas, o si no resultaban lo suficientemente efectivas. No quería pensar en que el poder de aquella criatura le permitiera zafarse de ellas. Contemplar aquella opción era rebajar su culpa. Y si estaba segura de algo es que era culpa suya.

Un socavón en el camino les hizo saltar a todos dentro del automóvil. No lo había visto. Lilith la miró acusadora pero prefirió ignorarla. Detrás, Azazel se había despertado al fin.

-¿Hemos llegado ya?- preguntó entre bostezos. Anane lo ignoró y volvió a sumirse en sus recuerdos.

¡No había conseguido sentirlo! Aquello era lo que más le desconcertaba. Creía que Semyazza la había entrenado bien. ¿Cómo podía haber ocurrido aquello? ¿Tan fuerte era aquello como para ocultar su presencia? La rabia se acumulaba en su cabeza al recordar que de no ser por Azazel, que vio salir una luz intensa por la ventana del objetivo, aún podrían estar esperando en el portal a que pasara algo. 

Corrieron los tres como posesos escaleras arriba de aquel viejo edificio. Ni se paró a llamar a la puerta. Era capaz de tirar una puerta abajo con su poder pero no había sido capaz de presentirlo. Cuando entraron no había nadie. Solo un poco de luminosidad residual en el ambiente y el olor tan característico que dejaban aquellas visitas.

-¡Ahí se acaba el camino!- interrumpió Azazel incorporándose entre los asientos que tenía delante y señalando una puerta de rejas que se interponía delante de ellos. No podía resultar más típico. El cráneo de una vaca les daba la bienvenida en lo alto de un gran letrero donde podía leerse “Rancho Rodeo”.

-Que despliegue de originalidad la de Semyazza poniendo nombres- dijo irónica Lilith.

-¿Salgo a abrir la puerta?- preguntó inocente Azazel.

- No- fue la tajante respuesta de Anane. Acto seguido el candado que cerraba la puerta se abría solo y las puertas se apartaban para dejarlos pasar. No era propio de ella hacer esa exhibición pero lo necesitaba. Tenía que hacerse más fuerte para no volver a fallar.

Tras pasar el coche, las puertas volvieron a cerrarse tras de ellos como por arte de magia. Lilith miró preocupada a Anane, quien seguía con la mirada fija en el sendero. El camino continuaba sin señales de que acabara.

Volvió a repasarlo todo en su cabeza por enésima vez. Maldecía a sus adentros por no encontrar una solución que le hubiera permitido salvar a Armers. Recordaba cómo había llegado a perder el control al comprobar que habían llegado tarde. El piso de aquel muchacho había quedado igual que una zona de guerra. No podía culpar a sus compañeros por las miradas de miedo que le dedicaron cuando abandonaron aquel lugar. Recordaba lo amargo que le resultó hablar con Semyazza. Hubiera preferido mil veces que se hubiera enfadado, que la hubiera culpado por su fracaso, que le hubiera gritado hasta quedarse afónico. Pero en vez de eso el viejo se mostró condescendiente. 

-Vamos a sufrir más de una derrota, Anane- le dijo –Esta solo ha sido una de muchas. Debemos prepararnos para que en el futuro las derrotas sean menores que nuestras victorias.

-¡Maldito fuera aquel viejo!- pensó llevada por la rabia. ¡Había perdido a Armers! ¡No sabía dónde se encontraba ahora ni que le estaba ocurriendo!

-Tranquilízate- una mano se posó en su brazo. Era Azazel. Lilith la miraba con preocupación. Tenía que controlarse. Respiró hondo e intentó dejar de pensar en aquello durante un tiempo.

Estaba atardeciendo cuando divisaron a lo lejos lo que parecían varias construcciones. Una gran casa se levantaba sobre los restos de una antigua misión española. Un  almacén de madera y unas caballerizas se situaban a ambos lados. Anane aparcó el todoterreno en la puerta de la edificación principal. Se internaron en el patio que daba la bienvenida a los visitantes. Por su apariencia hacía años que nadie ponía los pies en aquel lugar. Azazel se asomó a un pozo de piedra que estaba en el centro.

-¡Tiene agua!- gritó -¡No está seco!

-Nos va a hacer falta para limpiar este desastre- comentó asqueada Lilith mientras le daba un par de pataditas a un viejo abrevadero de madera lleno de porquería.

Anane entró en la casa. Sábanas cubrían el mobiliario. Olía a rancio y las telarañas se acumulaban por todas partes. Las contraventanas cerradas dejaban pasar un poco de claridad, haciendo de aquel lugar un sitio bastante tétrico. Comenzó a reírse. Al principio casi sin ganas, aunque poco a poco lo hizo con más fuerzas. Lilith y Azazel entraron desconcertados al oír las carcajadas.

-Este es nuestro castigo por haberla pifiado- les dijo a sus compañeros que la miraban sin entender nada.

-¿Qué pasa, Anane? ¿Qué quieres decir?- Lilith no sabía que le inquietaba más, si la rabia contenida o la risa compulsiva que invadía ahora a su mentora.

-¡Tenemos trabajo!- fue la respuesta de Anane –Las órdenes de Semyazza son claras. Hay que hacer de este sitio un lugar presentable. Pronto tendremos visita.

Azazel la miró incrédulo. Aquel lugar era inmenso. No hizo falta que dijera nada, su cara hablaba por él. Lilith soltó un bufido y le dio una patada a una lata del suelo que se alejó ruidosamente.

04. Capítulo IV


Una fina niebla cubría las calles de Moscú. Irina, como de costumbre al salir de la oficina, dirigía sus pasos de camino a su pequeño apartamento del centro. Iba acurrucada dentro de su abrigo, deseando llegar al calor del hogar para cenar su comida precocinada y relajarse viendo su serie favorita. 

Había sido un día muy largo. El trabajo se amontonaba sobre su mesa debido a las bajas por enfermedad de la mayoría de sus compañeros. La epidemia de gripe le había pasado por alto y en días como aquel no sabía si aquella era una buena noticia. 

Las calles estaban desiertas y la tranquilidad apenas era rota por algún coche que circulaba a aquellas horas. Paró frente a su portal y empezó a buscar las llaves en el bolso. Un murmullo llegaba a ella desde el viejo bar que colindaba con su edificio. Por un momento dudó y, tras mirar el reloj, dejó de rebuscar en el bolso y entró en el local. Aún tenía tiempo. 

El bar estaba abarrotado. Se abrió paso hasta la barra y le pidió al camarero un vodka. Miró a su alrededor. Hombres y mujeres se mezclaban hablando y riendo mientras un televisor colgado de la pared emitía las predicciones del tiempo para el próximo día. Más frío y nieve. Aquello pareció convencerla para tomarse el vodka de un solo trago. Pidió otra copa y pagó al camarero. Volvió a mirar el reloj, aunque apenas habían pasado unos minutos. En ese instante Irina se sintió ensimismada. El jaleo que había en el bar parecía desaparecer de su cabeza, como si estuviera envuelta en una burbuja invisible. Sin desearlo sus ojos se posaron en un hombre que la miraba fijamente desde una mesa. No estaba solo. Le acompañaba una chica más preocupada por la televisión que por su acompañante. Un escalofrío le recorrió la espalda. Apuró lo que le quedaba de la segunda copa y abandonó el local. Un hombre de constitución fuerte estaba en la puerta fumándose un cigarrillo. Sacó las llaves y, tras entrar en el portal, se aseguró de que la puerta quedara bien cerrada. 

El ascensor seguía estropeado así que tuvo que subir las escaleras hasta llegar al tercero. El nerviosismo aparentemente infundado que le invadía se disipó cuando cerró la puerta y echó el cerrojo. 

Katya, su vieja gata, le daba la bienvenida frotándose en sus piernas. Irina le dedicó unos mimos. Encendió la tele y se internó en la pequeña cocina. Rellenó de comida el plato de Katya mientras el microondas calentaba lo que iba a ser su cena. Minutos más tarde ya estaba sentada en su sofá, viendo la tele, con la cena servida en una bandeja sobre sus piernas. Era su pequeño momento tras un día agotador. La temperatura del apartamento empezó a aumentar por efecto del radiador y, poco a poco, se fue quedando dormida.
 
Un extraño olor le sacó del sueño. No sabía identificarlo pero no era un olor desagradable. Era empalagoso y le recordaba a los días de su infancia donde su abuela la obligaba a ir a misa. Katya estaba a su lado, despierta, tensa como solo saben ponerse los gatos. Su mirada estaba clavada en un extremo de la habitación donde aparentemente no había nada. 

Apagó la televisión. Había pasado dormida varias horas. Intentó tranquilizar a Katya pero lo cierto era que ella también se sentía observada. Empezaba a sentir en la habitación como una sobrecarga de electricidad estática. No era la primera vez que sentía eso, pero últimamente se había convertido en algo más habitual de lo normal. Intentó calmarse y fue a la cocina buscando el origen de aquel olor.

Sin lugar a dudas provenía de su pequeña salita, pero no lograba identificarlo. Katya, que seguía en la misma posición desde que se despertara, lanzó un bufido y salió corriendo hacia el dormitorio. Irina se sobresaltó.

-¿Hay alguien ahí?- preguntó a la nada con apenas un hilillo de voz. La sensación de energía en la habitación se incrementó notablemente. 

-¿Hay alguien ahí?- volvió a preguntar mientras se dirigía al paragüeros buscando algo con lo que defenderse. 

Aquella energía seguía aumentando y pronto la propia Irina empezó a oír lo que parecía un leve crepitar. El miedo se iba apoderando de ella y casi de forma involuntaria empezó a susurrar entre dientes una de aquellas viejas oraciones que recordaba de la niñez.

En su mente empezó a sonar una especie de murmullo que se iba aclarando. Irina soltó el paraguas que llevaba como arma y se tapó los oídos mientras se acurrucaba en una de las esquinas. Empezó a llorar de puro miedo. El murmullo se fue haciendo más claro y pronto empezó a distinguir lo que ella creía una voz.

-¡Me estoy volviendo loca! ¡Esto no puede estar sucediéndome!- acertó a decir entre sollozos.

-Relájate, Zavebe –parecía entender en su cabeza- nada debes de temer.

Pero Irina empezaba a sentir como le faltaba el aire, a punto de entrar en estado de shok. Una especie de leve luminosidad difusa empezaba a dibujarse en aquella zona donde Katya miraba apenas unos instantes antes. Parecía que aquella luz iba cogiendo forma.

-¡Déjame en paz! –gritó Irina, pero sus palabras parecían atragantarse en su garganta.

-No puedo- respondió aquella voz. –He venido a llevarte con los tuyos, Zavebe.

Esta vez Irina no respondió, pero si fue capaz de pensar que no conocía a nadie por aquel nombre. Ella se llamaba Irina. Fuera quien fuera aquel Zavebe, sin lugar a dudas aquella cosa se había equivocado.

-Tú eres Zavebe- le respondió la voz como si oyera sus pensamientos. La luminosidad estaba adoptando una forma humana. –Aún no lo recuerdas pero no has de preocuparte. Recordarás.

Aquella figura luminosa tenía la apariencia de un hombre muy alto, rubio, y con unos ojos claros que parecían hipnotizar. Empezó a caminar hacia ella ya completamente corpóreo. Seguía emitiendo una especie de luz que lo dotaba de una presencia fantasmal. 

Las pulsaciones de Irina comenzaron a ralentizarse. Su mente empezó a abotagarse. Aquel ser le dedicó un leve gesto de cabeza y le ofreció la mano. Irina dudó y controló el impulso que le hacía ofrecer su mano a la vez.

-¿Quién eres?- acertó a preguntar 

Aquel ser seguía ofreciéndole la mano. 

-Soy uno de tus hermanos, Zavebe. He venido para llevarte de vuelta a casa.

Sin previo aviso la puerta del apartamento saltó de sus bisagras como si hubiera recibido un cañonazo. Irina pareció salir del trance en el que estaba sumida y se tapó la cara con las manos. El hombre corpulento de la puerta del bar apuntaba al ser luminoso con una pistola y, antes que este pudiera siquiera dedicarle una mirada, vació su cargador sobre él. 

Los agujeros abiertos en el cuerpo de aquel ser se cerraron emitiendo una luz intensa. Apenas un gesto con las manos de aquel ser luminoso hizo que el pistolero volara por los aires sin razón aparente, quedando clavado inmovil en el techo. Aquel ser se dirigió hacia él, con semblante serio. El pistolero escuchó una voz en su mente.

-Mira quien ha venido. Hola, Ramuel ¿Te envía El Adversario? 

El pistolero, aún levitando contra el techo, intentaba luchar en vano.

-¡Suéltalo! –grito una nueva voz desde la puerta. Aquel ser se giró. Frente a él estaba otro hombre, el mismo que horas antes miraba fijamente a Irina en el bar. El ser luminoso hizo un gesto con sus dedos y en el acto el pistolero cayó al suelo de golpe, perdiendo la consciencia.

-¡Dan´el!- le dijo el ser sin mutar su expresión- Me alegro de verte.

El recién llegado permanecía en la entrada. Seguía serio. Desafiante.

-¿Habéis venido para que os lleve a casa junto con Zavebe?- 

-No- respondió Dan´el- Zavebe se viene conmigo y tú te irás de vuelta con las manos vacías.

El ser luminoso seguía observándole sin alterar su gesto.

-Sabes que eso no es posible- respondió- Además no puedes impedírmelo. Por muy fuerte que fueras antaño tu poder es una sombra del que fue, limitado a ese cuerpo que es tuyo ahora.

La respuesta de Dan´el fue sacar de su abrigo una daga de dos palmos de longitud. Parecía antigua pero la hoja brillaba como la plata. Aquel ser la miró y su rostro se ensombreció.

-Dan´el, eso no es propio de ti- respondió a la amenaza. -¿De verdad quieres esto? ¿No habéis sufrido ya bastante por culpa de vuestras erróneas decisiones?

-¡Lárgate!- fue la respuesta que obtuvo.

La figura luminosa señaló con el dedo a Dan´el, pero nada ocurrió. 

Parecía confuso. Su cara se transformó en una mueca de enfado. Parecía como si el brillo que desprendía se estuviera debilitando.

-Eso está muy feo, Dan´el. –le reprendió –Nada de lo que hagas cambiará el destino que está escrito.- 

Con aparente calma cerró los ojos y empezó a desaparecer poco a poco hasta que, finalmente, lo hizo por completo. Dan´el corrió hacia Irina, que yacía inconsciente desde hacía varios minutos. 

-Demasiada tensión emocional- dijo el pistolero, ya recuperado, mientras se ponía en pie y se intentaba limpiar las manchas de sangre de su nariz, rota por la caída.
Dan´el la tomó en brazos. 

-Aghmed, coge al gato.

El pistolero miró sorprendido pero no replicó. Desapareció dentro del dormitorio para volver con los brazos llenos de arañones y con Katya cogida por la nuca.

Bajaron las escaleras y encontraron aparcada frente al portal una vieja furgoneta blanca. Al volante iba la misma chica que estaba sentada en el bar con Dan´el.

-¿Salió bien lo que hice? ¿Ese…sortilegio?

-No lo llames así- le reprendió Dan´el mientras acomodaba a la inconsciente Irina en los asientos. –Y si, lo hiciste muy bien.

La chica al volante sonrió satisfecha. Aghmed buscó una caja de cartón en la parte de atrás de la furgoneta y forcejeó con Katya para meterla dentro.

-Hazle agujeros para que respire- le sugirió la chica.

Aghmed ni se molestó en responder. 

-¡Arranca, Tessa! Nos largamos- cortó tajante Dan´el mientras marcaba un número en su móvil. Tessa metió primera y aceleró.



El anciano que respondía al nombre de Semyazza esperaba a que su acompañante, el hombre elegante, terminara de hablar por el móvil. Su atención se desvió hacia un hombre desaliñado que acababa de entrar en aquel mesón del Madrid de los Austrias. Se disponía a tocar una trompeta cuando uno de los camareros le salió al paso. Tras intercambiar varias palabras terminó por abandonar el local. El caballero elegante con el que estaba cenando colgó el móvil.

-¿Y bien?- preguntó curioso.

-Dan´el tiene a Zavebe, aunque encontraron algo de oposición.- respondió el caballero.

-Ahora ya saben que nos estamos moviendo.- respondió Semyazza mientras cogía su copa de vino.

-Ha sido una noche desigual, viejo amigo.- apuntilló aquel hombre de mediana edad. –Anane y su grupo llegaron tarde y hemos perdido a Armers.

Semyazza volvió a dejar la copa sin haber dado un sorbo.

-¿Y Saraknial? ¿Sabemos algo de ella?

El caballero quien le dio un largo trago al vino.

-Necesita tiempo.

-Me preocupa lo que pueda hacer- fue la respuesta del anciano. El caballero volvió a darle un sorbo al vino.

Los dos hombres siguieron cenando.

-Por cierto, viejo amigo- rompió el silencio el caballero –hay algo que tienes que hacer por mí.

Semyazza lo miró con curiosidad.

-Tienes que hacer un viaje.- continuó- Debes volver a Estados Unidos. “La máquina” ha sido activada.

Desde la calle empezó a sonar una melodía de trompeta. El caballero se giró con una mueca cómplice.

-¿Lo oyes? Ya suena la primera trompeta.