Fátima estaba realmente impresionada con la
ciudad de Roma. Tan solo hacía un día que había llegado y tras dejar las
maletas en su hotel salió a devorar la historia de aquella magnífica ciudad.
Se
encaminaba a la Plaza de San Pedro pero no pudo evitar la tentación de probar
un cappuccino en una de las múltiples terrazas que había visto. Saboreaba su
café mientras los rayos de sol calentaban su cuerpo. A través de sus gafas
oscuras contemplaba el ir y venir de gente, turistas como ella en su mayoría.
Aquel momento le resultaba delicioso. Un chico se le acercó galante y le dedicó
un halago. Como pudo intentó espantarlo sin resultar descortés. No era el
primer hombre que se le acercaba desde que estaba allí. Había oído hablar de la
fama de los italianos, pero una cosa era oírlo y otra vivirlo. Al principio le
resultó encantador pero ya empezaba a cansarle. Pagó su café y decidió
consultar el callejero para ver cuánto le quedaba para llegar a su destino.
-¿Portuguesa?- preguntó alguien de la mesa de
al lado. Fátima se giró y vio a un cura.
-No, padre, brasileña- contestó educada. El
religioso se acercó y le ofreció la mano.
-Soy el Obispo Flavio Conti- Fátima no pudo
evitar fijarse en el anillo que llevaba.
-Cosas del cargo- respondió el padre Flavio
al darse cuenta de la mirada de la joven. A Fátima le gustó la expresión
divertida con la que lo había dicho.
-¿Estás perdida?- preguntó Flavio mirando el callejero.
-No- respondió Fátima –pero gracias por el
interés, padre-
Mario
le dedicó algo parecido a una reverencia. Y dio un paso atrás.
-Roma es una ciudad muy grande- comentó
jovial mientras sacaba algo del bolsillo. -Nunca viene mal tener un amigo en
una ciudad desconocida.-
Le ofreció una tarjeta de visita. Fátima la
miró sorprendida. No estaba acostumbrada a tanta amabilidad y aquello le
resultaba sospechoso.
-Mi teléfono personal viene por detrás-
remarcó el cura –Si alguna vez necesitas algo en Roma no dudes en llamarme-
El obispo hizo un gesto como si se quitara un
sombrero invisible a modo de despedida y se marchó. Fátima quedó sentada en el
café, extrañada con lo que acababa de ocurrir. Poco le duró ese estado. Tan
pronto había desaparecido el religioso un nuevo joven estaba a su lado alabando
la bella piel mulata que tenía.
Tras deshacerse de su nuevo pretendiente
volvió a dirigir sus pasos a la Plaza de San Pedro. Cada esquina de Roma le
maravillaba. No se cansaba de fotografiar aquella ciudad. Cuando llegó a su
destino no pudo estar menos impresionada.
Entró en San Pedro y no supo calcular el
tiempo que estuvo dentro. Cuando miró el reloj se dio cuenta que era demasiado
tarde. No quería verse volviendo al hotel de noche en una ciudad extraña y,
para su disgusto, ya anochecía. Se encaminó de vuelta.
La Roma de las primeras horas de la noche
también le cautivó. Por suerte había memorizado el camino de vuelta al hotel
pero, aunque conocía las calles, el cambio de luz las hacía parecer nuevas a
sus ojos. Las calles principales aún tenían
viandantes pero cuando se internaba en calles más pequeñas se encontraba
sola con el retumbar del sonido de sus pasos en los adoquines. Aceleró el paso.
Debía
estar ya cerca del hotel cuando una pequeña iglesia llamó su atención. Estaba
encajonada entre dos edificios y no recordaba haberla visto abierta cuando pasó
de ida. La luz de las velas se filtraba por una especie de cortina que tenía el
portón. Tras un breve momento de duda entró.
Era un templo pequeño, oscuro, tan solo
iluminado por multitud de velas encendidas en sus altares. Un Crucificado
parecía mirarla desde el altar. Se acercó haciendo sonar sus pasos. Una señora
de negro rezaba el rosario en uno de los bancos más cercanos a la puerta.
Fátima se llevó unos minutos contemplando la talla y decidió sentarse en un
banco de la primera fila.
Fátima abrió los ojos. Se había quedado
dormida. Miró su reloj y comprobó que tan solo hacía media hora que estaba
allí. Se incorporó para salir pero descubrió la puerta cerrada con llave.
Estaba sola en aquel templo. Empezó a buscar
con la mirada otra puerta. Por suerte las velas seguían ardiendo. Se encaminó a
una pequeña puerta que se adivinaba en un lateral del templo, casi escondida
tras una columna. La puerta se abrió con un crujido que resonó en toda la
iglesia. Entró en una sala poco más de grande que un recibidor, con una puerta
en frente y otra a su derecha. La de la derecha parecía cerrada pero la que
estaba frente a ella se abrió suavemente con un leve empujón. Estaba oscura.
Tras rebuscar en la pared encontró un viejo conmutador que, al activarlo, hizo
encenderse una bombilla.
Aquella sala no tenía salida. Estaba lleno de
exvotos. Muñecas, trajes de novia, flores secas, muletas, gafas, cuadros,
cartas y estampitas de santos rellenaban las estanterías que forraban aquellas
paredes. Del techo colgaban de cuerdas decenas de brazos y piernas de cera. A
Fátima se le puso la piel de gallina y salió de allí corriendo, sin ni siquiera
pararse a apagar la luz.
De nuevo en la nave principal del templo
intentó tranquilizarse. Volvió a mirar su reloj pero algo no encajaba. Era exactamente
la misma hora que cuando la había mirado antes. Acercándose el reloj al oído
pudo comprobar que estaba parado. Quiso comprobar entonces la hora en su móvil
pero, por alguna razón que desconocía, su teléfono estaba apagado y se negaba a
encenderse. Fátima soltó un bufido. Ahora no sabía siquiera cuanto tiempo
llevaba en aquel lugar. Comenzó a pasear por el pasillo central para no
entumecerse. Fue entonces cuando le llegó el olor.
En un principio no le dio mucha importancia
porque era el típico olor de las iglesias, pero cuando se dio cuenta que cada
vez era más intensó pensó que podía haber alguien más en el templo.
-¿Hay alguien ahí?- gritó con la esperanza
que algún encargado pudiera abrirle las puertas. Su voz reverberó entre las
paredes pero no recibió respuesta. Lo intentó otra vez con mismo resultado. El
olor persistía y a Fátima le pareció observar cierto brillo cercano al altar.
Por un momento dudó si acercarse pero finalmente decidió quedarse donde estaba.
Si bien era cierto que era una católica practicante, por mucha pinta que
pudiera tener aquello de milagro no dejaba de resultarle extraño.
-Estaré cansada –pensó para sí –O quizás aún
duermo.
La luz parecía que iba adoptando forma
humana. Fátima empezó a ponerse nerviosa.
-No tengas miedo, Samsaveel- creyó escuchar
en su mente. Muy despacio, sin apartar la vista de la figura brillante que
estaba surgiendo, empezó a dar pasos hacia atrás hasta que topó de espaldas
contra el portón.
-En nombre de Dios, ¿Quién eres?- gritó con
miedo en su voz a la alta figura que ya podía distinguir perfectamente.
-Soy uno de sus mensajeros- la voz de aquel
ser retumbó por el templo. Su cara, como esculpida en mármol, parecía carente
de emociones.
-Samsaveel…- repitió para sí Fátima.
-Ese es tu nombre- respondió a sus
pensamientos la figura luminosa que se acercaba a ella con pasos lentos y
elegantes.
Fátima no podía evitar pensar que aquello debía
ser un milagro, pero aquel ser le transmitía una gran desconfianza. Metió sus
manos en el bolsillo buscando algo que pudiera arrojarle. Allí estaba su móvil
y un trozó de cartón. La tarjeta de visita que le diera el obispo. Más por
impulso que por cualquier razonamiento, sacó ambos e intentó marcar el número
del religioso.
El móvil seguía pagado.
-Debes venir conmigo, Samsaveel- aquel ser
pronunció aquellas palabras mientras continuaba con calma el camino que llegaba
hacia ella, ahora extendiéndole la mano.
Nerviosa lanzó el teléfono contra aquella
figura que cada vez estaba más cerca de ella. No pudo más que sorprenderse
cuando vio que el móvil alteraba su trayectoria cuando estaba a punto de
golpearlo en la cara para irse a estrellar contra una columna.
-Nada has de temer, Samsaveel. Vengo a
llevarte a casa-
-¡Déjame en paz!- gritó con todas sus
fuerzas. Acto seguido empezó a notar como si sus fuerzas empezaran a fallarle.
Un par de golpes en el portón le sacaron de
ese estado.
-¿Fátima? ¿Estás ahí?- la voz del padre
Flavio provenía del otro lado. Fátima ni siquiera se paró a pensar cómo podía
haberle localizado ni cómo sabía que necesitaba ayuda. Solo acertó a volverse
contra el portón y empezar a aporrearlo con fuerzas.
-¡¡Sácame de aquí!!-le gritó con
desesperación. Empezó a oír como si algo
rasgara la madera al otro lado de la puerta.
-¿Qué estás haciendo? ¡¡Abre la puerta de una
maldita vez!!
Aquella aparición estaba a menos de cinco
metros de ella.
-¡Apártate de la cerradura!- gritó Flavio.
Fátima dio un paso al lado y escuchó lo que parecía un disparo. El cerrojo
saltó. Flavio empujo el gran portón dejando una escasa apertura por la que
Fátima pudo escurrirse.
-¡No corras!- le gritó Flavio a la joven
turista. -¡Ayúdame a encajar la puerta de nuevo!
Ambos tiraron con todas sus fuerzas de la
argolla de la puerta hasta que la claridad que emanaba del interior desaparecía
a la vez que se cerraba la rendija abierta. Acto seguido, un gran círculo
dibujado sobre el portón con extraños símbolos en su interior brilló con un
destello dorado.
-Hemos ganado unos valiosos minutos- le dijo
el cura mientras Fátima observa la gran puerta con mezcla de miedo y asombro.
-Debemos coger un avión ahora mismo- le
insistió Flavio Conti. Fátima lo miró aún ensimismada –Tengo el coche aquí al
lado. Ven. Solo disponemos del viaje al aeropuerto para que podamos hablar.
Fátima desconfiaba. Su cuerpo aun temblaba de
terror.
-Esa cosa te seguirá a donde vayas. - el
obispo insistió.- Solo conmigo vas a
tener una oportunidad de escapar.
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