miércoles, 15 de mayo de 2019

02. Capítulo II


Fátima estaba realmente impresionada con la ciudad de Roma. Tan solo hacía un día que había llegado y tras dejar las maletas en su hotel salió a devorar la historia de aquella magnífica ciudad. 

Se encaminaba a la Plaza de San Pedro pero no pudo evitar la tentación de probar un cappuccino en una de las múltiples terrazas que había visto. Saboreaba su café mientras los rayos de sol calentaban su cuerpo. A través de sus gafas oscuras contemplaba el ir y venir de gente, turistas como ella en su mayoría. Aquel momento le resultaba delicioso. Un chico se le acercó galante y le dedicó un halago. Como pudo intentó espantarlo sin resultar descortés. No era el primer hombre que se le acercaba desde que estaba allí. Había oído hablar de la fama de los italianos, pero una cosa era oírlo y otra vivirlo. Al principio le resultó encantador pero ya empezaba a cansarle. Pagó su café y decidió consultar el callejero para ver cuánto le quedaba para llegar a su destino.

-¿Portuguesa?- preguntó alguien de la mesa de al lado. Fátima se giró y vio a un cura.

-No, padre, brasileña- contestó educada. El religioso se acercó y le ofreció la mano.

-Soy el Obispo Flavio Conti- Fátima no pudo evitar fijarse en el anillo que llevaba.

-Cosas del cargo- respondió el padre Flavio al darse cuenta de la mirada de la joven. A Fátima le gustó la expresión divertida con la que lo había dicho.

-¿Estás perdida?-  preguntó Flavio mirando el callejero.

-No- respondió Fátima –pero gracias por el interés, padre-

 Mario le dedicó algo parecido a una reverencia. Y dio un paso atrás.

-Roma es una ciudad muy grande- comentó jovial mientras sacaba algo del bolsillo. -Nunca viene mal tener un amigo en una ciudad desconocida.- 

Le ofreció una tarjeta de visita. Fátima la miró sorprendida. No estaba acostumbrada a tanta amabilidad y aquello le resultaba sospechoso.

-Mi teléfono personal viene por detrás- remarcó el cura –Si alguna vez necesitas algo en Roma no dudes en llamarme-

El obispo hizo un gesto como si se quitara un sombrero invisible a modo de despedida y se marchó. Fátima quedó sentada en el café, extrañada con lo que acababa de ocurrir. Poco le duró ese estado. Tan pronto había desaparecido el religioso un nuevo joven estaba a su lado alabando la bella piel mulata que tenía.

Tras deshacerse de su nuevo pretendiente volvió a dirigir sus pasos a la Plaza de San Pedro. Cada esquina de Roma le maravillaba. No se cansaba de fotografiar aquella ciudad. Cuando llegó a su destino no pudo estar menos impresionada. 

Entró en San Pedro y no supo calcular el tiempo que estuvo dentro. Cuando miró el reloj se dio cuenta que era demasiado tarde. No quería verse volviendo al hotel de noche en una ciudad extraña y, para su disgusto, ya anochecía. Se encaminó de vuelta.

La Roma de las primeras horas de la noche también le cautivó. Por suerte había memorizado el camino de vuelta al hotel pero, aunque conocía las calles, el cambio de luz las hacía parecer nuevas a sus ojos. Las calles principales aún tenían  viandantes pero cuando se internaba en calles más pequeñas se encontraba sola con el retumbar del sonido de sus pasos en los adoquines. Aceleró el paso.

 Debía estar ya cerca del hotel cuando una pequeña iglesia llamó su atención. Estaba encajonada entre dos edificios y no recordaba haberla visto abierta cuando pasó de ida. La luz de las velas se filtraba por una especie de cortina que tenía el portón. Tras un breve momento de duda entró.

Era un templo pequeño, oscuro, tan solo iluminado por multitud de velas encendidas en sus altares. Un Crucificado parecía mirarla desde el altar. Se acercó haciendo sonar sus pasos. Una señora de negro rezaba el rosario en uno de los bancos más cercanos a la puerta. Fátima se llevó unos minutos contemplando la talla y decidió sentarse en un banco de la primera fila.



Fátima abrió los ojos. Se había quedado dormida. Miró su reloj y comprobó que tan solo hacía media hora que estaba allí. Se incorporó para salir pero descubrió la puerta cerrada con llave. 

Estaba sola en aquel templo. Empezó a buscar con la mirada otra puerta. Por suerte las velas seguían ardiendo. Se encaminó a una pequeña puerta que se adivinaba en un lateral del templo, casi escondida tras una columna. La puerta se abrió con un crujido que resonó en toda la iglesia. Entró en una sala poco más de grande que un recibidor, con una puerta en frente y otra a su derecha. La de la derecha parecía cerrada pero la que estaba frente a ella se abrió suavemente con un leve empujón. Estaba oscura. Tras rebuscar en la pared encontró un viejo conmutador que, al activarlo, hizo encenderse una bombilla. 

Aquella sala no tenía salida. Estaba lleno de exvotos. Muñecas, trajes de novia, flores secas, muletas, gafas, cuadros, cartas y estampitas de santos rellenaban las estanterías que forraban aquellas paredes. Del techo colgaban de cuerdas decenas de brazos y piernas de cera. A Fátima se le puso la piel de gallina y salió de allí corriendo, sin ni siquiera pararse a apagar la luz. 

De nuevo en la nave principal del templo intentó tranquilizarse. Volvió a mirar su reloj pero algo no encajaba. Era exactamente la misma hora que cuando la había mirado antes. Acercándose el reloj al oído pudo comprobar que estaba parado. Quiso comprobar entonces la hora en su móvil pero, por alguna razón que desconocía, su teléfono estaba apagado y se negaba a encenderse. Fátima soltó un bufido. Ahora no sabía siquiera cuanto tiempo llevaba en aquel lugar. Comenzó a pasear por el pasillo central para no entumecerse. Fue entonces cuando le llegó el olor. 

En un principio no le dio mucha importancia porque era el típico olor de las iglesias, pero cuando se dio cuenta que cada vez era más intensó pensó que podía haber alguien más en el templo.

-¿Hay alguien ahí?- gritó con la esperanza que algún encargado pudiera abrirle las puertas. Su voz reverberó entre las paredes pero no recibió respuesta. Lo intentó otra vez con mismo resultado. El olor persistía y a Fátima le pareció observar cierto brillo cercano al altar. Por un momento dudó si acercarse pero finalmente decidió quedarse donde estaba. Si bien era cierto que era una católica practicante, por mucha pinta que pudiera tener aquello de milagro no dejaba de resultarle extraño.

-Estaré cansada –pensó para sí –O quizás aún duermo.

La luz parecía que iba adoptando forma humana. Fátima empezó a ponerse nerviosa. 

-No tengas miedo, Samsaveel- creyó escuchar en su mente. Muy despacio, sin apartar la vista de la figura brillante que estaba surgiendo, empezó a dar pasos hacia atrás hasta que topó de espaldas contra el portón.

-En nombre de Dios, ¿Quién eres?- gritó con miedo en su voz a la alta figura que ya podía distinguir perfectamente.

-Soy uno de sus mensajeros- la voz de aquel ser retumbó por el templo. Su cara, como esculpida en mármol, parecía carente de emociones.

-Samsaveel…- repitió para sí Fátima. 

-Ese es tu nombre- respondió a sus pensamientos la figura luminosa que se acercaba a ella con pasos lentos y elegantes.

Fátima no podía evitar pensar que aquello debía ser un milagro, pero aquel ser le transmitía una gran desconfianza. Metió sus manos en el bolsillo buscando algo que pudiera arrojarle. Allí estaba su móvil y un trozó de cartón. La tarjeta de visita que le diera el obispo. Más por impulso que por cualquier razonamiento, sacó ambos e intentó marcar el número del religioso.

El móvil seguía pagado.

-Debes venir conmigo, Samsaveel- aquel ser pronunció aquellas palabras mientras continuaba con calma el camino que llegaba hacia ella, ahora extendiéndole la mano.

Nerviosa lanzó el teléfono contra aquella figura que cada vez estaba más cerca de ella. No pudo más que sorprenderse cuando vio que el móvil alteraba su trayectoria cuando estaba a punto de golpearlo en la cara para irse a estrellar contra una columna.

-Nada has de temer, Samsaveel. Vengo a llevarte a casa- 

-¡Déjame en paz!- gritó con todas sus fuerzas. Acto seguido empezó a notar como si sus fuerzas empezaran a fallarle.

Un par de golpes en el portón le sacaron de ese estado.

-¿Fátima? ¿Estás ahí?- la voz del padre Flavio provenía del otro lado. Fátima ni siquiera se paró a pensar cómo podía haberle localizado ni cómo sabía que necesitaba ayuda. Solo acertó a volverse contra el portón y empezar a aporrearlo con fuerzas.

-¡¡Sácame de aquí!!-le gritó con desesperación.  Empezó a oír como si algo rasgara la madera al otro lado de la puerta.

-¿Qué estás haciendo? ¡¡Abre la puerta de una maldita vez!!

Aquella aparición estaba a menos de cinco metros de ella.

-¡Apártate de la cerradura!- gritó Flavio. Fátima dio un paso al lado y escuchó lo que parecía un disparo. El cerrojo saltó. Flavio empujo el gran portón dejando una escasa apertura por la que Fátima pudo escurrirse.

-¡No corras!- le gritó Flavio a la joven turista. -¡Ayúdame a encajar la puerta de nuevo!

Ambos tiraron con todas sus fuerzas de la argolla de la puerta hasta que la claridad que emanaba del interior desaparecía a la vez que se cerraba la rendija abierta. Acto seguido, un gran círculo dibujado sobre el portón con extraños símbolos en su interior brilló con un destello dorado.

-Hemos ganado unos valiosos minutos- le dijo el cura mientras Fátima observa la gran puerta con mezcla de miedo y asombro.

-Debemos coger un avión ahora mismo- le insistió Flavio Conti. Fátima lo miró aún ensimismada –Tengo el coche aquí al lado. Ven. Solo disponemos del viaje al aeropuerto para que podamos hablar.
Fátima desconfiaba. Su cuerpo aun temblaba de terror.

-Esa cosa te seguirá a donde vayas. - el obispo insistió.-  Solo conmigo vas a tener una oportunidad de escapar.

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