Una fina niebla cubría las calles de Moscú.
Irina, como de costumbre al salir de la oficina, dirigía sus pasos de camino a
su pequeño apartamento del centro. Iba acurrucada dentro de su abrigo, deseando
llegar al calor del hogar para cenar su comida precocinada y relajarse viendo
su serie favorita.
Había sido un día muy largo. El trabajo se amontonaba sobre
su mesa debido a las bajas por enfermedad de la mayoría de sus compañeros. La
epidemia de gripe le había pasado por alto y en días como aquel no sabía si
aquella era una buena noticia.
Las calles estaban desiertas y la tranquilidad
apenas era rota por algún coche que circulaba a aquellas horas. Paró frente a
su portal y empezó a buscar las llaves en el bolso. Un murmullo llegaba a ella
desde el viejo bar que colindaba con su edificio. Por un momento dudó y, tras
mirar el reloj, dejó de rebuscar en el bolso y entró en el local. Aún tenía
tiempo.
El bar estaba abarrotado. Se abrió paso hasta
la barra y le pidió al camarero un vodka. Miró a su alrededor. Hombres y
mujeres se mezclaban hablando y riendo mientras un televisor colgado de la
pared emitía las predicciones del tiempo para el próximo día. Más frío y nieve.
Aquello pareció convencerla para tomarse el vodka de un solo trago. Pidió otra
copa y pagó al camarero. Volvió a mirar el reloj, aunque apenas habían pasado
unos minutos. En ese instante Irina se sintió ensimismada. El jaleo que había
en el bar parecía desaparecer de su cabeza, como si estuviera envuelta en una
burbuja invisible. Sin desearlo sus ojos se posaron en un hombre que la miraba
fijamente desde una mesa. No estaba solo. Le acompañaba una chica más
preocupada por la televisión que por su acompañante. Un escalofrío le recorrió
la espalda. Apuró lo que le quedaba de la segunda copa y abandonó el local. Un
hombre de constitución fuerte estaba en la puerta fumándose un cigarrillo. Sacó
las llaves y, tras entrar en el portal, se aseguró de que la puerta quedara
bien cerrada.
El ascensor seguía estropeado así que tuvo
que subir las escaleras hasta llegar al tercero. El nerviosismo aparentemente
infundado que le invadía se disipó cuando cerró la puerta y echó el cerrojo.
Katya, su vieja gata, le daba la bienvenida frotándose en sus piernas. Irina le
dedicó unos mimos. Encendió la tele y se internó en la pequeña cocina. Rellenó
de comida el plato de Katya mientras el microondas calentaba lo que iba a ser
su cena. Minutos más tarde ya estaba sentada en su sofá, viendo la tele, con la
cena servida en una bandeja sobre sus piernas. Era su pequeño momento tras un
día agotador. La temperatura del apartamento empezó a aumentar por efecto del
radiador y, poco a poco, se fue quedando dormida.
Un extraño olor le sacó del sueño. No sabía
identificarlo pero no era un olor desagradable. Era empalagoso y le recordaba a
los días de su infancia donde su abuela la obligaba a ir a misa. Katya estaba a
su lado, despierta, tensa como solo saben ponerse los gatos. Su mirada estaba
clavada en un extremo de la habitación donde aparentemente no había nada.
Apagó
la televisión. Había pasado dormida varias horas. Intentó tranquilizar a Katya
pero lo cierto era que ella también se sentía observada. Empezaba a sentir en
la habitación como una sobrecarga de electricidad estática. No era la primera
vez que sentía eso, pero últimamente se había convertido en algo más habitual
de lo normal. Intentó calmarse y fue a la cocina buscando el origen de aquel
olor.
Sin lugar a dudas provenía de su pequeña salita, pero no lograba
identificarlo. Katya, que seguía en la misma posición desde que se despertara,
lanzó un bufido y salió corriendo hacia el dormitorio. Irina se sobresaltó.
-¿Hay alguien ahí?- preguntó a la nada con
apenas un hilillo de voz. La sensación de energía en la habitación se
incrementó notablemente.
-¿Hay alguien ahí?- volvió a preguntar
mientras se dirigía al paragüeros buscando algo con lo que defenderse.
Aquella
energía seguía aumentando y pronto la propia Irina empezó a oír lo que parecía
un leve crepitar. El miedo se iba apoderando de ella y casi de forma involuntaria
empezó a susurrar entre dientes una de aquellas viejas oraciones que recordaba
de la niñez.
En su mente empezó a sonar una especie de
murmullo que se iba aclarando. Irina soltó el paraguas que llevaba como arma y
se tapó los oídos mientras se acurrucaba en una de las esquinas. Empezó a
llorar de puro miedo. El murmullo se fue haciendo más claro y pronto empezó a
distinguir lo que ella creía una voz.
-¡Me estoy volviendo loca! ¡Esto no puede
estar sucediéndome!- acertó a decir entre sollozos.
-Relájate, Zavebe –parecía entender en su
cabeza- nada debes de temer.
Pero Irina empezaba a sentir como le faltaba
el aire, a punto de entrar en estado de shok. Una especie de leve luminosidad
difusa empezaba a dibujarse en aquella zona donde Katya miraba apenas unos
instantes antes. Parecía que aquella luz iba cogiendo forma.
-¡Déjame en paz! –gritó Irina, pero sus
palabras parecían atragantarse en su garganta.
-No puedo- respondió aquella voz. –He venido a llevarte con los tuyos,
Zavebe.
Esta vez Irina no respondió, pero si fue
capaz de pensar que no conocía a nadie por aquel nombre. Ella se llamaba Irina.
Fuera quien fuera aquel Zavebe, sin lugar a dudas aquella cosa se había
equivocado.
-Tú eres Zavebe- le respondió la voz como si
oyera sus pensamientos. La luminosidad estaba adoptando una forma humana. –Aún
no lo recuerdas pero no has de preocuparte. Recordarás.
Aquella figura luminosa tenía la apariencia
de un hombre muy alto, rubio, y con unos ojos claros que parecían hipnotizar.
Empezó a caminar hacia ella ya completamente corpóreo. Seguía emitiendo una
especie de luz que lo dotaba de una presencia fantasmal.
Las pulsaciones de Irina comenzaron a
ralentizarse. Su mente empezó a abotagarse. Aquel ser le dedicó un leve gesto
de cabeza y le ofreció la mano. Irina dudó y controló el impulso que le hacía
ofrecer su mano a la vez.
-¿Quién eres?- acertó a preguntar
Aquel ser seguía ofreciéndole la mano.
-Soy uno de tus hermanos, Zavebe. He venido para
llevarte de vuelta a casa.
Sin previo aviso la puerta del apartamento
saltó de sus bisagras como si hubiera recibido un cañonazo. Irina pareció salir
del trance en el que estaba sumida y se tapó la cara con las manos. El hombre
corpulento de la puerta del bar apuntaba al ser luminoso con una pistola y,
antes que este pudiera siquiera dedicarle una mirada, vació su cargador sobre
él.
Los agujeros abiertos en el cuerpo de aquel ser se cerraron emitiendo una
luz intensa. Apenas un gesto con las manos de aquel ser luminoso hizo que el pistolero volara por los aires sin razón aparente, quedando
clavado inmovil en el techo. Aquel ser se dirigió hacia él, con
semblante serio. El pistolero escuchó una voz en su mente.
-Mira quien ha venido. Hola, Ramuel ¿Te envía El
Adversario?
El pistolero, aún levitando contra el techo,
intentaba luchar en vano.
-¡Suéltalo! –grito una nueva voz desde la
puerta. Aquel ser se giró. Frente a él estaba otro hombre, el mismo que horas
antes miraba fijamente a Irina en el bar. El ser luminoso hizo un gesto con sus
dedos y en el acto el pistolero cayó al suelo de golpe, perdiendo la
consciencia.
-¡Dan´el!- le dijo el ser sin mutar su expresión- Me alegro de verte.
El recién llegado permanecía en la entrada.
Seguía serio. Desafiante.
-¿Habéis venido para que os lleve a casa junto
con Zavebe?-
-No- respondió Dan´el- Zavebe se viene
conmigo y tú te irás de vuelta con las manos vacías.
El ser luminoso seguía observándole sin alterar su gesto.
-Sabes que eso no es posible- respondió-
Además no puedes impedírmelo. Por muy fuerte que fueras antaño tu poder es una
sombra del que fue, limitado a ese cuerpo que es tuyo ahora.
La respuesta de Dan´el fue sacar de su abrigo
una daga de dos palmos de longitud. Parecía antigua pero la hoja brillaba como
la plata. Aquel ser la miró y su rostro se ensombreció.
-Dan´el, eso no es propio de ti- respondió a la amenaza. -¿De verdad quieres
esto? ¿No habéis sufrido ya bastante por culpa de vuestras erróneas decisiones?
-¡Lárgate!- fue la respuesta que obtuvo.
La figura luminosa señaló con el dedo a
Dan´el, pero nada ocurrió.
Parecía confuso. Su cara se transformó en una mueca
de enfado. Parecía como si el brillo que desprendía se estuviera debilitando.
-Eso está muy feo, Dan´el. –le reprendió
–Nada de lo que hagas cambiará el destino que está escrito.-
Con aparente calma
cerró los ojos y empezó a desaparecer poco a poco hasta que, finalmente, lo
hizo por completo. Dan´el corrió hacia Irina, que yacía inconsciente desde hacía varios minutos.
-Demasiada tensión emocional- dijo el
pistolero, ya recuperado, mientras se ponía en pie y se intentaba limpiar las
manchas de sangre de su nariz, rota por la caída.
Dan´el la tomó en brazos.
-Aghmed, coge al gato.
El pistolero miró sorprendido pero no
replicó. Desapareció dentro del dormitorio para volver con los brazos llenos de
arañones y con Katya cogida por la nuca.
Bajaron las escaleras y encontraron aparcada
frente al portal una vieja furgoneta blanca. Al volante iba la misma chica que
estaba sentada en el bar con Dan´el.
-¿Salió bien lo que hice? ¿Ese…sortilegio?
-No lo llames así- le reprendió Dan´el
mientras acomodaba a la inconsciente Irina en los asientos. –Y si, lo hiciste
muy bien.
La chica al volante sonrió satisfecha. Aghmed
buscó una caja de cartón en la parte de atrás de la furgoneta y forcejeó con
Katya para meterla dentro.
-Hazle agujeros para que respire- le sugirió la chica.
Aghmed ni se molestó en responder.
-¡Arranca, Tessa! Nos largamos- cortó tajante
Dan´el mientras marcaba un número en su móvil. Tessa metió primera y aceleró.
El anciano que respondía al nombre de
Semyazza esperaba a que su acompañante, el hombre elegante, terminara de hablar
por el móvil. Su atención se desvió hacia un hombre desaliñado que acababa de
entrar en aquel mesón del Madrid de los Austrias. Se disponía a tocar una
trompeta cuando uno de los camareros le salió al paso. Tras intercambiar varias
palabras terminó por abandonar el local. El caballero elegante con el que
estaba cenando colgó el móvil.
-¿Y bien?- preguntó curioso.
-Dan´el tiene a Zavebe, aunque encontraron
algo de oposición.- respondió el caballero.
-Ahora ya saben que nos estamos moviendo.-
respondió Semyazza mientras cogía su copa de vino.
-Ha sido una noche desigual, viejo amigo.-
apuntilló aquel hombre de mediana edad. –Anane y su grupo llegaron tarde y
hemos perdido a Armers.
Semyazza volvió a dejar la copa sin haber
dado un sorbo.
-¿Y Saraknial? ¿Sabemos algo de ella?
El caballero quien le dio un largo
trago al vino.
-Necesita tiempo.
-Me preocupa lo que pueda hacer- fue la
respuesta del anciano. El caballero volvió a darle un sorbo al vino.
Los dos hombres siguieron cenando.
-Por cierto, viejo amigo- rompió el silencio
el caballero –hay algo que tienes que hacer por mí.
Semyazza lo miró con curiosidad.
-Tienes que hacer un viaje.- continuó- Debes
volver a Estados Unidos. “La máquina” ha sido activada.
Desde la calle empezó a sonar una melodía de
trompeta. El caballero se giró con una mueca cómplice.
-¿Lo oyes? Ya suena la primera
trompeta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario