miércoles, 15 de mayo de 2019

05. Capítulo V


-¿Por qué no se nos está permitido amar?

Su voz resonaba en la oscuridad. Llevaba horas inmerso en las tinieblas. No esperaba ninguna respuesta, pero las respuestas le eran dadas. No siempre, pero de vez en cuando, fuera quien fuera el que estuviera allí con él, su guardián, su carcelero, se dignaba a responder a alguna de sus preguntas.

-¿Tanto daño hicimos? ¿Tenemos que seguir pagando por aquello? ¿Es que no hemos cumplido ya nuestra pena?

La cabeza le daba vueltas. Estaba mareado. Demasiadas cosas le habían ocurrido en poco tiempo. Demasiados recuerdos aflorados de repente, a punto de volverlo loco. 

-Vuestros pecados no tienen igual en la historia del Universo.- se dignó a responder una voz que no adivinaba a situar en la negrura.

-Me conoces- respondió desesperado –sabes quién soy mejor que yo mismo.

-Recordarás y asimilarás- fue la respuesta.

Un grito brotó de su garganta. Un grito de impotencia y desesperación. Empezó a llorar.

-Él aprecia el arrepentimiento- apuntilló la voz.

-¡No es arrepentimiento!- gritó a su carcelero. - ¡Es dolor, resignación, locura!

-Os rebelasteis, anam.-

-¡Yo no soy tu hermano!-

-Lo eres. Y aún no es tarde para que reconozcas tu culpa. Arrepiéntete de tus decisiones pasadas. Reconoce tus errores. Repudia tus actos pasados. Él sabrá perdonarte.

-No puedo- dijo entre sollozos.

-Arrepiéntete-

-No- respondió ahogado entre lágrimas. –Eran mis hijos.

-Violasteis las reglas, lo sabes. Nunca debió pasar.

-¡Pero pasó! Me enamoré.

-No sabes lo que es el amor.

-¡Tú eres el que no sabes lo que es el amor!- gritó iracundo -¡No sabes lo qué es tener frente a ti a una persona por la que darías todo lo que tienes! ¡No tienes ni idea de lo que significa poder estrechar en tus brazos a un hijo! ¡No me hables de amor! ¡No sabes nada!

De nuevo el silencio.

-Necesitas tiempo para pensar, anam. Estás confuso.

-¡Claro que estoy confuso, maldito hijo de puta!- empezó a moverse como un loco en la oscuridad. –Hasta hace dos meses creía que era otra persona, que tenía veinticinco años, que mi mayor problema era encontrar un trabajo. ¡Y ahora estoy aquí respondiendo por crímenes que cometí hace una eternidad!

-Eso es bueno- respondió la voz –reconoces que cometiste crímenes.

-¡Defendía a mi gente, cabrón! ¡Protegía a mis hijos! ¡A mi mujer!

-No eran tu gente. No debiste engendrar hijos. No debiste tomar una mujer.

-Pero lo hice- había vuelto a sentarse en el frío suelo -¿Por qué tuvieron que pagar ellos por mis pecados?

-Lo hecho debía ser deshecho, Armers.

-¡No me llames Armers!- gritó con todas sus fuerzas- ¡Ahora me llamo Miguel!

Una risa retumbó a su alrededor.

-¿De qué te ríes, hijo de puta?

-Perdona, hermano, me resulta paradójico que ahora te hagas llamar así.

Se llevó las manos a la cabeza. Sentía que se estaba volviendo loco. Sus recuerdos bailaban. Era Miguel, pero también era Armers. Lo recordaba. Él era uno de los doscientos rebeldes. Tenía recuerdos de su mujer y de sus hijos, pero Miguel no tenía más familia que una madre de avanzada edad. Recordaba una guerra, pero él nunca había abandonado Buenos Aires, y esa guerra no se parecía en nada a las que había visto en las películas. Nuevos flases acudían a su cabeza. Ráfagas de nuevos recuerdos. Miguel se hizo un ovillo en el suelo y comenzó a llorar de nuevo.

-Me estoy volviendo loco.

-No estás loco, anam.- respondió la voz con un tono casi paternal. –Te ayudaremos a poner las cosas en su sitio.

-¡Dejadme en paz! 

Se quedó dormido. Cuando despertó todo seguía a oscuras. Por un momento llegó a pensar que solo era un sueño pero no estaba sobre su cama, ni estaba el interruptor de la luz al alcance de su mano como ocurría en su habitación. Le dolía menos la cabeza. Se puso de pie y empezó a caminar en la oscuridad, con los brazos extendidos, esperando encontrar una pared.

-¿Estas mejor, Armers?- preguntó la voz.

-Creo que si. Poco a poco se me aclaran las ideas.- respondió sin dejar de caminar a tientas.

-¿Te arrepientes de tus crímenes?

-Me arrepiento de no haber sido más fuerte, “ana”.

-Curiosa respuesta.- respondió la voz.

-¿Me preguntas que si me arrepiento de haber tomado a una mujer de este mundo como esposa? Mi respuesta es no.- había dejado de caminar y respondía con orgullo a la voz que emergía de la oscuridad. –Tienes razón en una cosa, teníamos órdenes, pero si nunca te has enamorado es muy difícil que me entiendas. 

La voz no contestó.

-¿Me preguntas que si me arrepiento de haber engendrado hijos con mi mujer? La respuesta es no. Si nunca has tenido en tus brazos a un hijo tuyo es muy difícil que me entiendas.

La voz permanecía callada.

-¿Me preguntas que si me arrepiento por haberme alzado contra Mi Señor? La respuesta es no. Si nunca has visto peligrar la vida de aquellos a los que amas no podrás entenderme.

-Muchos a los que matasteis eran mis amigos, mis hermanos.- respondió la voz –Los amaba.

-¡Y míos, maldita sea! ¡Yo también los quería pero no es lo mismo! ¡Venían a matar a mi familia!

-Nosotros éramos tu familia.

-¡Ellos eran mi familia! ¡No puedes entenderlo!

-Siento mucho tu dolor, anam, pero Le fallasteis. Era necesario.

-¡Y un cuerno!- gritó con toda la rabia que pudo -¡Acabasteis con toda la jodida vida del planeta!

-No con toda.

-Por supuesto- reconoció entre risas- teníais a vuestros elegidos.

-Él los eligió.

-Claro, me sé el cuento. 

La voz permaneció callada. 

-Dejadme salir de aquí, por favor- lanzó la súplica al aire.

-No podemos, ana Armers- respondió la voz volviendo a su tono paternalista.

-¡He pagado por mis pecados!

-Eres demasiado peligroso, anam. Y no te has arrepentido.

-¿Peligroso?- respondió- Da igual quien fuera, ahora solo soy un chico de veinticinco años.

-Eres mucho más que eso, Armers, como pronto descubrirás.

-Por favor, no hay razón para que me tengáis aquí.

-No te has arrepentido. Tu mismo has dicho que volverías tomar las mismas decisiones que te llevaron a caer antaño.

-¡No es justo!- gritó.

-Ana Armers, ¿Tienes familia?

Armers dudó. 

-Si.

-¿Quién es tu familia?- preguntó la voz.

-Tú eres mi hermano, mi ana, aunque no te reconozco.

Una leve risa flotó en la oscuridad.

-No me tomes por estúpido, Armers. ¿Tienes familia?

-Solo a mi madre- contestó avergonzado.

-Y sabiendo todo lo que sabes de ti sigues llamándola tu madre. ¿Te das cuenta que realmente eres miles de años mayor que ella?

Armers pareció dudar. Estaba confundido.

-No sé qué decirte, anam,- intentó que esta vez lo de hermano sonara más creíble. –Es mi madre. La siento dentro de mí como tal.

Si la voz se ofendió porque Armers lo llamara “hermano” lo disimuló.

-¿Sabes lo que significa que los nuevos alzados vayan a venir a La Tierra y se den a conocer?

-¿Nuevos alzados? ¿Aquí? No entiendo…- volvió a dudar.

-¿Qué dice la Ley? Esa misma Ley que tú y tus otros hermanos rompisteis hace ya mucho tiempo.

Armers abrió los ojos tanto como pudo pese a que la oscuridad era total.

-No injerencia…- acertó a balbucear.

-Exacto.- respondió satisfecha la voz. -¿Sabes cuál es el destino de la humanidad?

-Oh, por favor, no. Otra vez no. No, no podéis hacerlo de nuevo.

-¿Te arrepientes, ana Armers?

- Por favor, no. No podéis. Son inocentes…

-¿Te arrepientes, ana Armers?

-Estáis locos. Debe de haber otra forma. Por favor, no.

-¿Entiendes ahora por qué no podemos dejarte libre?




Llevaban varios días con el ánimo por los suelos. A esto se le unía el cansancio. Dos viajes en avión y varias horas en coche, y la música country de la radio no ayudaba precisamente a levantar la moral del grupo. Anane había insistido en conducir pese a los ofrecimientos de Lilith, que iba en el asiento de al lado de aquel todoterreno alquilado. En los asientos de atrás dormía Azazel desde casi cuando empezaron a conducir. Lilith respetaba el silencio de Anane. Le ofuscaba la comprensión que había demostrado Semyazza cuando le informó de su fracaso. Ella era la única responsable se decía a sí misma mientras repasaba una y otra vez los acontecimientos. De nada valía la condescendencia que mostraban con ella sus compañeros. Ella lideraba la operación, ella había perdido a Armers, y solo a ella había que adjudicarle el fracaso. 

El desierto de Texas continuaba casi eterno a ambos lados de aquella carretera recta. Seguía las indicaciones del GPS, aunque este llevara ya un par de horas sin dar ninguna.

Volvía a repasar los acontecimientos de las últimas horas. Su llegada a Buenos Aires en el primer vuelo que salía de Madrid y como subieron a aquel taxi que les tuvo dando vueltas por la ciudad más tiempo del que ella creía necesario.

“No”, negó en silencio. No debía culpar a nadie del fracaso que no fuera ella misma. Apretó el volante con más fuerzas. Lilith pudo comprobar cómo los nudillos se ponían blancos del esfuerzo, pero permaneció callada.

Recordaba la llegada a aquel edificio del extrarradio, bastante decadente. Hizo lo que debía. Se concentró y comprobó que el objetivo estaba en el interior. Ordenó a los chicos que se quedaran en la puerta del edificio mientras ella daba una vuelta de reconocimiento. No había señales que pudieran hacerle sospechar y volvió con el grupo.

-A la derecha en la próxima- le interrumpió Lilith. El navegador estaba dándole instrucciones pero Anane no las había escuchado.

-¿Por ahí?- preguntó al ver que la única opción era un camino de tierra. Lilith echó un ojo a un plano que había en la guantera.

-Aquí no viene nada- remarcó. Anane no dudó. Se internó en el sendero tras poner la tracción a las cuatro ruedas.

-¿Qué buscamos exactamente?- preguntó curiosa Lilith. Azazel emitió un quejido al darse un golpe contra la ventanilla al coger un bache, y siguió durmiendo.

-Órdenes de Semyazza- contestó Anane con desganas. Lilith no quiso insistir pero Anane se dio cuenta que su compañera no tenía culpa de su mal humor e intentó ser algo más amable. –Semyazza lleva milenios caminando por el mundo. Ha creado una red de empresas y posesiones que, de una forma u otra, le pertenecen.
 
Lilith pareció dudar. Anane sabía qué pasaba por su mente.

-No me preguntes cómo- le explicó –Yo de economía entiendo poco. Cosa de sociedades y fundaciones, me imagino. Vamos a un rancho.

Si Lilith hizo una nueva pregunta, Anane no la escuchó. Volvió a sumirse en sus pensamientos y su sentimiento de culpa. Repasó las “trampas mágicas”, como a ella le gustaba decir, que situaron en el edificio y alrededores. Resultaban útiles cuando tus habilidades naturales estaban mermadas al estar atrapados en cuerpos humanos, más aún cuando te enfrentabas a ángeles con todo su poder. Por desgracia habían servido de poco. Las repasaba una y otra vez. No sabía si no había elegido las más apropiadas, o si no resultaban lo suficientemente efectivas. No quería pensar en que el poder de aquella criatura le permitiera zafarse de ellas. Contemplar aquella opción era rebajar su culpa. Y si estaba segura de algo es que era culpa suya.

Un socavón en el camino les hizo saltar a todos dentro del automóvil. No lo había visto. Lilith la miró acusadora pero prefirió ignorarla. Detrás, Azazel se había despertado al fin.

-¿Hemos llegado ya?- preguntó entre bostezos. Anane lo ignoró y volvió a sumirse en sus recuerdos.

¡No había conseguido sentirlo! Aquello era lo que más le desconcertaba. Creía que Semyazza la había entrenado bien. ¿Cómo podía haber ocurrido aquello? ¿Tan fuerte era aquello como para ocultar su presencia? La rabia se acumulaba en su cabeza al recordar que de no ser por Azazel, que vio salir una luz intensa por la ventana del objetivo, aún podrían estar esperando en el portal a que pasara algo. 

Corrieron los tres como posesos escaleras arriba de aquel viejo edificio. Ni se paró a llamar a la puerta. Era capaz de tirar una puerta abajo con su poder pero no había sido capaz de presentirlo. Cuando entraron no había nadie. Solo un poco de luminosidad residual en el ambiente y el olor tan característico que dejaban aquellas visitas.

-¡Ahí se acaba el camino!- interrumpió Azazel incorporándose entre los asientos que tenía delante y señalando una puerta de rejas que se interponía delante de ellos. No podía resultar más típico. El cráneo de una vaca les daba la bienvenida en lo alto de un gran letrero donde podía leerse “Rancho Rodeo”.

-Que despliegue de originalidad la de Semyazza poniendo nombres- dijo irónica Lilith.

-¿Salgo a abrir la puerta?- preguntó inocente Azazel.

- No- fue la tajante respuesta de Anane. Acto seguido el candado que cerraba la puerta se abría solo y las puertas se apartaban para dejarlos pasar. No era propio de ella hacer esa exhibición pero lo necesitaba. Tenía que hacerse más fuerte para no volver a fallar.

Tras pasar el coche, las puertas volvieron a cerrarse tras de ellos como por arte de magia. Lilith miró preocupada a Anane, quien seguía con la mirada fija en el sendero. El camino continuaba sin señales de que acabara.

Volvió a repasarlo todo en su cabeza por enésima vez. Maldecía a sus adentros por no encontrar una solución que le hubiera permitido salvar a Armers. Recordaba cómo había llegado a perder el control al comprobar que habían llegado tarde. El piso de aquel muchacho había quedado igual que una zona de guerra. No podía culpar a sus compañeros por las miradas de miedo que le dedicaron cuando abandonaron aquel lugar. Recordaba lo amargo que le resultó hablar con Semyazza. Hubiera preferido mil veces que se hubiera enfadado, que la hubiera culpado por su fracaso, que le hubiera gritado hasta quedarse afónico. Pero en vez de eso el viejo se mostró condescendiente. 

-Vamos a sufrir más de una derrota, Anane- le dijo –Esta solo ha sido una de muchas. Debemos prepararnos para que en el futuro las derrotas sean menores que nuestras victorias.

-¡Maldito fuera aquel viejo!- pensó llevada por la rabia. ¡Había perdido a Armers! ¡No sabía dónde se encontraba ahora ni que le estaba ocurriendo!

-Tranquilízate- una mano se posó en su brazo. Era Azazel. Lilith la miraba con preocupación. Tenía que controlarse. Respiró hondo e intentó dejar de pensar en aquello durante un tiempo.

Estaba atardeciendo cuando divisaron a lo lejos lo que parecían varias construcciones. Una gran casa se levantaba sobre los restos de una antigua misión española. Un  almacén de madera y unas caballerizas se situaban a ambos lados. Anane aparcó el todoterreno en la puerta de la edificación principal. Se internaron en el patio que daba la bienvenida a los visitantes. Por su apariencia hacía años que nadie ponía los pies en aquel lugar. Azazel se asomó a un pozo de piedra que estaba en el centro.

-¡Tiene agua!- gritó -¡No está seco!

-Nos va a hacer falta para limpiar este desastre- comentó asqueada Lilith mientras le daba un par de pataditas a un viejo abrevadero de madera lleno de porquería.

Anane entró en la casa. Sábanas cubrían el mobiliario. Olía a rancio y las telarañas se acumulaban por todas partes. Las contraventanas cerradas dejaban pasar un poco de claridad, haciendo de aquel lugar un sitio bastante tétrico. Comenzó a reírse. Al principio casi sin ganas, aunque poco a poco lo hizo con más fuerzas. Lilith y Azazel entraron desconcertados al oír las carcajadas.

-Este es nuestro castigo por haberla pifiado- les dijo a sus compañeros que la miraban sin entender nada.

-¿Qué pasa, Anane? ¿Qué quieres decir?- Lilith no sabía que le inquietaba más, si la rabia contenida o la risa compulsiva que invadía ahora a su mentora.

-¡Tenemos trabajo!- fue la respuesta de Anane –Las órdenes de Semyazza son claras. Hay que hacer de este sitio un lugar presentable. Pronto tendremos visita.

Azazel la miró incrédulo. Aquel lugar era inmenso. No hizo falta que dijera nada, su cara hablaba por él. Lilith soltó un bufido y le dio una patada a una lata del suelo que se alejó ruidosamente.

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