Como todas las mañanas paseaba por el Parque
del Retiro. Tras leer el periódico tomando un café iniciaba una pequeña
caminata que le llevaba ante la estatua del Ángel Caído de Ricardo Bellver. Todos los días permanecía
unos minutos contemplando la escultura para después volver sobre sus pasos.
Esa mañana era fría. El cielo encapotado amenazaba, pero no terminaba de
decidirse a llover. Permanecía en pie, como todos los días, con su mirada fija
en aquel Lucifer de piedra. Una muchacha menuda, con el pelo largo y rubio, de
no más de veinte años, se le acercó. No le dedicó ni una mirada. La chica se
situó a su lado y lo imitó. Ambos permanecieron varios minutos en silencio,
como si estuvieran hechos de la misma piedra que aquella fuente que contemplaban.
Finalmente fue ella quien le dedicó una mirada.
-¿Y no faltas ni un solo día?
-No- respondió el caballero sin cambiar de postura, con sus ojos negros
clavados en el monumento.
La rubia se miró los pies y soltó una risita casi infantil. El hombre giró
la cabeza y la observó curioso.
-Estaba pensando…-comenzó a decir la chica-…que no deja de ser irónico.
El caballero la seguía observando sin cambiar su semblante.
-Quiero decir…-continuó - …que llevo mucho tiempo buscándote por todo el
mundo y ahora resulta que vienes aquí todos los días.
El hombre volvió a dedicar toda su atención al monumento.
-¿Sabías que es uno de los pocos monumentos del mundo dedicado a Lucifer?
-¿Y no te parece gracioso precisamente eso?
El caballero dibujó algo parecido a una sonrisa.
-No deja de tener su ironía- reconoció.
Permanecieron de nuevo en silencio durante unos minutos.
-He estado en muchos sitios.- está vez fue el hombre quien rompió el
silencio.- Pero hace tiempo que decidí asentarme en Madrid. Al menos una buena
temporada.
Ella volvió a reír como una niña.
-Curiosa elección.
El hombre se giró e inició su camino habitual de vuelta. Ella lo siguió.
Ambos caminaban en silencio.
Hacían una peculiar pareja. Eran opuestos
físicamente. Ella apenas pasaba del metro sesenta mientras que él casi llegaba a los dos metros. Él moreno y ella rubia. El hombre
vestido de forma elegante y la chica más informal. Él parecía doblarle la edad pero ella se movía con el desparpajo y la
seguridad que solo dan los años.
Salieron del parque. Fue en busca de la boca del metro pero seguía
acompañado de su silenciosa compañera. Finalmente desistió. Iría a casa
caminando.
-En fin,- dijo el hombre -¿Cómo está mi hijo?
-Él es el que me mandó en tu busca.
-¿Y qué es lo que quiere de mi?
El hombre paró sus pasos antes de recibir respuesta alguna. A su derecha
había un bar.
-Entremos- ordenó. Ella lo siguió.
Fueron a sentarse en una de las mesas más alejadas de la puerta. Les
sirvieron dos cervezas acompañadas de un plato de aceitunas. Él empezó a mirar
fijamente a los ojos azules de su acompañante mientras esta le sostenía la
mirada. Fueron apenas unos segundos, pero no hizo falta nada más para que el
caballero entendiera.
-Mi hijo está loco- dijo al fin –Lo estaba en su día y lo sigue estando
ahora.
- Esta vez no será igual- respondió ella –Ahora somos más fuertes.
-Estás igual de loca que él si piensas que podéis derrotarlo.
-Tú lo conseguiste una vez.
Los recuerdos del hombre volaron a un tiempo lejano.
-No vencí. – Reconoció con un tono de cansancio en su voz -Simplemente
vendí tan cara mi derrota que conseguí que nos dejaran en paz. –Pareció dudar
un momento – Pero la locura de mi hijo dió al traste con aquel
sacrificio.
-¡Lo que ocurre es que
sigues resentido porque mi padre te derrotó!- le recriminó ella.
El hombre alzó la mirada, volviendo a clavar sus ojos negros sobre los
suyos, pero esta vez la chica no fue capaz de sostenerle la mirada. Por primera
vez en muchísimo tiempo una sensación casi olvidada recorrió su espalda. De
forma nerviosa empezó a mover las manos sin saber dónde colocarlas.
-No vuelvas a olvidarte con quién estás hablando.- le recriminó el
caballero con voz severa mientras ella permanecía en silencio. -Que seas mi nieta no te da libertad para faltarme el respeto-
Ella intentaba
mirarle a los ojos pero no era capaz de sostenerle la mirada más que escasos
segundos.
-Como te iba diciendo,…- continuó el hombre -...por cierto, ¿Cómo te
estás haciendo llamar ahora?
-Mi…Minerva- titubeo la muchacha.
-Por supuesto…- el hombre encontraba la respuesta evidente –Pues como te
iba diciendo, Minerva, conseguimos que nos dejaran en paz.
Minerva escuchaba sin atreverse a replicar.
-Pero tu padre quería demostrar que él era más fuerte que yo. Querían enfrentarse a Él y obtener
una victoria imposible. Una victoria que yo no había conseguido porque me consideraba débil.
-Conozco la historia, “abuelo”- dijo al fin la rubia poniendo cierto
énfasis en el parentesco que les unía. –Mi padre te derrotó y gobernó con
sabiduría.
-Gobernó con despotismo, “nieta”- respondió devolviéndole la puya con una
mirada fría. –Con inconsciencia, provocando con sus actos el final del pueblo
al que tenía que defender. El mismo pueblo por el que yo me alcé en su día
contra mi padre.
-No volverá a ocurrir- respondió Minerva- Ahora somos más fuertes.
-Volverá a ocurrir. Y volveréis a huir dejando a esta gente sufrir las
consecuencias.
La cara de Minerva se ensombreció.
-No teníamos suficiente poder, te doy la razón. Debíamos escapar para poder luchar otro día. Pero todo ha cambiado. Ahora somos lo suficientemente fuertes para derrotarlo.
El hombre trajeado negó con la cabeza.
-Los doscientos se quedaron a luchar. Defendieron a su gente cuando la abandonásteis. Y pagaron con sus vidas.
-Ellos han vuelto también.- desveló Minerva, pero no encontró signos de sorpresa
en la cara de su interlocutor.
-Lo sé- fue su respuesta.
-¿Lucharan del lado de mi padre?
-Lo dudo.
-Os uniréis en contra de él entonces.
-Yo no he dicho eso.
-No te entiendo.
-No lo necesitas.
-Entonces mi misión ha sido en vano. Tenía esperanzas de que dejaras atrás las rencillas del pasado y te unieras a tu familia.
-Y yo tenía esperanzas de que dejarais a este mundo en paz de una vez por todas. De que tu padre hubiera
aprendido de los errores del pasado. Pero veo que no es así.
Ambos permanecieron callados, mirando sus vasos aún llenos de cerveza.
-¿Cuándo os revelaréis al mundo?- dijo él mientras jugueteaba con una
servilleta de papel mojada.
- Pronto- fue la respuesta de Minerva.
Seguía jugando con el trozo de papel cuando ella se levantó de la mesa
dejando sobre ella un billete de cinco euros. Él no levantó la vista. Minerva
pareció dudar tras dar un par de pasos para alejarse de allí. Finalmente
retrocedió de nuevo hasta la mesa.
-Pese a todo me alegro de verte.
El caballero la miró sin levantarse de su asiento y le dedicó una sonrisa
sincera.
Dan´el y Anane abandonaron aquél húmedo
despacho acompañados por el anciano. El viejo caserón madrileño había conocido
días mejores pero pese a todo seguía siendo impresionante por dentro, engañando
a los que lo miraban desde el exterior. La puerta se cerró sola una vez
hubieron salido de la estancia. Dentro quedaba el hombre elegante al que todos
debían lealtad, sentado en aquel barroco
sillón de madera. Tras él, de pie, como si de su sombra se tratara, aquel joven
francés con mirada rapaz. Ninguno se atrevió a romper el silencio. Bajaron las
mohosas escaleras de madera hasta llegar al salón principal. El anciano los
guiaba a través de los salones que se iban abriendo uno tras otro.
-Esperad- dijo al fin mientras sacaba una
vieja llave del bolsillo para abrir la siguiente estancia.
La llave hizo todo el ruido imaginable
mientras giraba, y las bisagras parecieron querer acompañarla cuando empezaron
a chirriar mientras se abría la puerta. Dentro de ese salón había algo parecido
a una vieja armería. Dan´el y Anane permanecieron en la puerta mientras el
anciano se adentraba. Abrió un baúl y al rato apareció con dos objetos
envueltos en trapos, entregando uno a cada uno de ellos.
-Tened cuidado con ellas- dijo mientras ambos
desenvolvían sus trapos. –Son reliquias de días más gloriosos para nuestra
causa. No diré que son las últimas, pero cada una de ellas es valiosa.
Dan´el encontró entre sus manos un cuchillo
afalcatado. Su hoja medía dos palmos aproximadamente y relucía como la plata.
Anane tenía otra muy parecida pero de hoja recta y de menor tamaño.
-Son las más discretas que tenemos para ir
corriendo por ahí- comentó el anciano intentando hacer una broma.
El hombre y la mujer volvieron a guardarlas
entre los trozos de tela.
-¿No tenemos entonces ninguna pista del
paradero de Azkeel?- comentó Anane mientras volvían sobre sus pasos.
El anciano siguió caminando ignorándola. Ella
le seguía con la mirada fija, esperando respuesta. Finalmente el anciano paró
sus pasos.
-No sabemos dónde puede estar. Llegamos
tarde. Turel y los suyos hacen lo que pueden para localizarla.
Anane se dio por satisfecha con la respuesta.
Llegaron al vestíbulo y los tres se pararon.
-Es muy importante que lleguéis a
tiempo.-insistió el anciano –Han empezado a moverse antes de lo previsto y
solos no somos rivales para ellos. Espero que hayáis entrenado bien a vuestros
grupos.
-Ha sido demasiado precipitado- respondió
Dan´el –Algunos de ellos aún están asimilando todo esto.
-No nos queda más remedio, Dan´el- le
contesto comprensivo el viejo Semyazza. –Aprovechad cuando podáis para
continuar con los entrenamientos. Es importante.
Anane y Dan´el se despidieron de Semyazza con
una leve reverencia y abandonaron el caserón.
-¿A Buenos Aires?- preguntó Dan´el a
Anane ya en el exterior. Os queda un
viajecito.
Anane sonrió.
-Por lo menos allí es verano. Moscú en
invierno no es mi destino preferido.
Ambos rieron. Dan´el agarró la mano de Anane
y, tras unos segundos de silencio, volvió a soltarla.
-¡Suerte!- gritó Dan´el a su compañera
mientras se alejaba.
-¡Igualmente!- le llegó la respuesta entre el
barullo de la gente.
Anane prefirió caminar antes que coger el
metro. No estaba tan alejado el motel como para no poder permitirse el paseo.
Pasó frente a un colegio donde madres y padres abarrotaban la acera esperando
a que los niños salieran. Miró con cierta felicidad la escena, pero también con
algo de pena y nostalgia. El problema de volver a recordar una vida que tenías olvidada
era que los recuerdos que acudían a tu mente no solo eran dulces.
Aceleró el
paso para no pensar en ello.
No hizo falta que llegara al motel. Una calle
antes vio a la extraña pareja que completaba su grupo. El chico era más joven que la chica, y se
notaba en su complexión enclenque. Ambos estaban en la barra exterior de un
restaurante pidiendo comida para llevar. Anane se les acercó por detrás. La
chica con rasgos indios se giró como si la presintiera y la saludó.
-Tienes que practicar más, Azazel- le dijo
casi maternal al muchacho.
-¿Quieres algo?- le preguntó la chica
esgrimiendo una cartulina con el menú.
-No, Lilith. Tenemos mucha prisa. Hay que coger un avión.
-¿A dónde vamos?- preguntó inocentemente el chico.
-A Argentina.
No hay comentarios:
Publicar un comentario